miércoles, 7 de julio de 2010

Capítulo V. Veinticinco siglos antes.


Por lo que me cuentan las Sagradas Escrituras, en aquellos tiempos, la ciudad tenía todas las puertas cerradas y echados estaban sus cerrojos por miedo a que los hijos de la luz pudieran conquistarla. Pero no alcanzo a recordar el momento en que madre, cediendo a los halagos de un levita, quedó preñada sin que lo hubiera deseado. Ni recuerdo mi primera patada en su abultado vientre. Todo pudo coincidir con la época en que siete mil sacerdotes, portadores de trompetas delante del Arca, se pusieron en marcha. Soplaban la hora de Yahvé y cada vuelta que daban a la isla había durado casi un mes. Los hombres armados iban delante de ellos y desplegaban aparatosamente las fuerzas, al servicio del pueblo rebelde que había encontrado al fin la tierra prometida.

Durante este tiempo, los astutos zapadores, desapercibidos por los hijos de ese siglo, escarbaban día y noche al pie de las murallas, mientras el desfile constante de sacerdotes, guerreros y pueblo llano atraían toda la atención y las miradas de los defensores de la ciudad amurallada. Y, al séptimo mes, cuando los hijos de Yahvé daban la última vuelta que se prorrogaría hasta el final de año y principios del siguiente, la ciudad entera dejó de mofarse del paso marcial de aquellos hombres de guerra y de los atronadores lamentos de las siete mil trompetas de bronce.

Madre gritó entonces con todas sus fuerzas, empujando con cierta desesperación la hora de Yahvé. Y Yahvé apareció, al fin, al rugido del pueblo, rompiendo los cercos del pecado y desplomando las murallas y diques, al paso de sus hijos, hambrientos y sedientos de aquella ciudad amurallada. Fueron siete meses de gestación difícil, los mismos que vueltas habían dado los hijos de Yahvé, y madre me había echado al mundo de los pobres, cortando para siempre los lazos de carne y sangre que me habían retenido en sus entrañas.

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Los hijos de este siglo, tan astutos como temerosos de sus enemigos, prefirieron entregarse antes que inmolarse y quemar con ellos la ciudad. Y se convirtieron masivamente al Dios verdadero de sus vencedores, adorando, en tumultuosa manifestación, el Arca de la Antigua Alianza. Y el mismo Rey de los hijos de este siglo, sometido desde aquel momento al poder de Yahvé, entregó públicamente sus tesoros a los sacerdotes legítimos del pueblo vencedor. Su templo de mármol y piedras preciosas, habitado por dioses menores, fue morada exclusiva del Dios de Abraham, absoluto y celoso señor que hizo exiliar toda imagen de dioses falsos y purificó con su presencia el oro y la plata. Y quienes se obstinaron en retener a sus ídolos o permanecieron en pie ante el Arca sagrado de la Antigua Alianza, fueron pasados limpiamente a cuchillo.

De esta manera, el pueblo vencedor y el vencido entonaron conjuntamente un canto de acción de gracias y prometieron solemnemente no apartarse del Dios de Isaac para servir a otros dioses. Fue entonces cuando se levantó un anciano de barbas floridas y voz temblorosa y pronunció en hebreo estas palabras:

Vosotros no seréis capaces de servir al Dios de Jacob, que es un Dios santo y celoso; él no perdonará vuestros pecados y, cuando os apartéis de su sombra, sirviendo a dioses extraños, Él se volverá y, tras haberos hecho el bien, os hará el mal y os consumirá.

El pueblo protestó vivamente ante tan vehemente y radical discurso porque estaba en la mentalidad de todos servir a Yahvé por los siglos de los siglos, amén. Pero el santo varón de barbas floridas y voz temblorosa, quien temía las fuerzas ocultas del mal y desconfiaba de las buenas intenciones de los suyos, continuó su discurso:

- Testigo soy de que habéis elegido al Dios de Abraham, Isaac y Jacob, para servirle, pero ¿quién os asegura que, pese a todos los obstáculos, tretas y confabulaciones, siempre estaréis a su servicio?

El pueblo entero protestó ante la duda, proclamando a grito pelado un solemne “¡Serviremos a Yahvé, nuestro Dios, y obedeceremos su voz!”, que fue dirigido por sacerdotes, satisfechos de haber encontrado la isla prometida, morada segura para el pueblo errante del Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Y el anciano de barbas floridas y voz temblorosa que puso en duda la fidelidad de aquel pueblo murió sin poder terminar su discurso, a la edad de ciento diez años. Muy pronto, sus palabras cayeron en el olvido y la isla fue dividida y distribuida entre nueve tribus y media. Las antiguas murallas fueron reformadas y reforzadas y el mar sirvió de frontera para separarlos del resto del mundo. Aunque siguieron siendo amenazados en todas sus latitudes por sus enemigos, que nunca dejaron de crecer y de acecharlos.

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Pero la mejor defensa contra las incursiones de los eternos enemigos era la muralla de los siete círculos que se iban cerrando y el último estaba construido por los hijos del siglo para defenderse sobre las mismas ruinas de la primitiva. Varias décadas tardaron en levantarla, al final de las cuales, ancianos y sacerdote se reunieron en consejo privado, deliberando sobre la conveniencia del nombramiento de un rey en la isla, como lo tenían todas las naciones que les rodeaban. El pueblo debía estar al servicio de este rey y éste, protegiendo a sacerdotes y levitas, al servicio de Yahvé.

El monarca recién elegido mandó sellar las entradas y salidas de las siete murallas con el emblema que regía su trono, el cual haría posible una época nueva de esplendor y prestigio para los hijos de la luz. Luego, durante tres siglos y medio, se sucedieron dinastías, levantáronse monumentos reales, promulgáronse leyes, fortaleciéronse ejércitos, todos al servicio del pueblo, y éste prometió ser fiel al Rey, servidor de Yahvé. Igualmente, se ejecutaron sin piedad los frustrados regicidas y labráronse cámaras mortuorias con sus respectivas lápidas y coronas reales. Todo sucedería bajo una época en la que el orden y el progreso crecieron al mismo tiempo que el desorden y la anarquía

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Con el tiempo, y tal como lo había profetizado aquel anciano de barbas floridas, los hijos de este mundo provenientes de lejanas tierras, que añoraban y envidiaban el crecimiento y desarrollo de los hijos de Abraham, se filtraron en la isla. Se presentaron como conversos, pero llegaron con las faltriqueras repletas de oro macizo, con la lengua humedecida de vocablos extranjeros y con los ojos brillantes de lujuria. Durante el verano, se arrimaron a los recaudadores públicos, y, en el invierno, a las hijas de Yahvé, hembras de corazón caliente.

De esta manera, en los últimos años, aumentó la prostitución, el despotismo más feroz, el concubinato, el fariseísmo y la fornicación, y disminuyó considerablemente la justicia, el trabajo y el temor a Yahvé y a su santo nombre.

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Fue entonces cuando, mal visto por los sacerdotes y perseguido más tarde por el mismo Rey, yo, un profeta de segundo orden empujado por un mandato divino, me arrojé a las calles y plazas de la ciudad, y sostuve que Yahvé se había arrepentido –sí, eso fue lo que dije y oyeron claramente los ancianos, escandalizados– del bien que había dicho que haría a su pueblo– y volví a repetirlo por si no lo habían oído bien–, por más que ellos insistieran en que Yahvé ya se había arrepentido del mal que había predicho que haría.

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El pueblo no sólo no quiso creerme –yo era entonces un profeta menor que apenas era escuchado–, sino que intentó apedrearme por blasfemo. Me escabullí como pude y me retiré de nuevo a mi cueva en donde pasé cuarenta días y cuarenta noches de un intenso ayuno durante los cuales tuve la terrible duda de imaginarme que, tal vez, me había equivocado, al interpretar aquel mensaje supuestamente venido de lo alto. Me repetí que, después de todo, yo, al contrario de Moisés, nunca había visto a Yahvé y que la voz que había oído bien pudiera haber sido la de Belzebú.

Cuando, de nuevo, la oí claramente entre rayos y truenos, y me atreví a preguntarle que qué garantías tenía yo de que mis oídos no estuvieran siendo engañados o su voz no fuera trucada, mi atrevimiento fue pagado muy caro, pues no volví a escuchar la voz de lo alto ni volví a ser testigo de sus confidencias.

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Volví con otro aspecto, lejos de mi aire de profeta que antaño poseía, convirtiéndome en uno más entre la muchedumbre. Perdido entre ella y debido a mi escasa altura, cualquier podía pisarme o ningunearme. Desde entonces, no sólo no he vuelto a oír su voz sino que hasta me parece que, al menos para mí, Yahvé ha enmudecido para siempre y que su mismo nombre es una palabra vacía de contenido y un invento de sacerdotes y profetas.

Jamás he expuesto, por miedo, esta duda ante nadie. Al contrario, he seguido las costumbres y rituales del pueblo llano con el que me identifiqué, disfrazado de mercader. Reconozco que el hecho de haber concebido semejante vacilación, me hacía merecedor ante sus ojos de una lapidación. Pero, a fuer de sincero, el silencio de su palabra que, desde entonces padecí, me pareció un hecho harto sospechoso, o al menos una sutil venganza por parte de Yahvé o por parte de mi infortunado destino.

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Fue entonces, si la memoria no me falla una vez más, como es habitual en mí una vez superados los veinticinco siglos de existencia, cuando decidí traspasar la muralla de los siete círculos concéntricos y abandonar la tierra prometida sin la ayuda de Yahvé ni de nadie de su entorno. Me eché una alforja al hombro, recogí el laúd que, en los escasos tiempos de ocio, me entretenía, y, decidido a prescindir de todo lo que me había unido con lo sobrenatural y a no volver a utilizar mis artes ocultas para lanzar más profecías, puesto que Yahvé ya no se comunicaba conmigo, me dispuse a salir de mi escondrijo y a huir hacia delante, abandonando la tierra prometida.

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Pasé aquella primera noche decisiva entre sombras, burlando a los siete porteros de las siete murallas. El primero, usurero más ujier, dormía con un ojo abierto y el otro cerrado sobre un jergón relleno de monedas de plata, conseguidas gracias a una vida de sobornos, y escondidas por miedo a ser sorprendido por los ladrones nocturnos. Tenía fama de abrir fácilmente la puerta de su muralla tras recibir a cambio unas monedas. Y, como yo no disponía de oro ni de plata, aproveché el momento en que una urraca nocturna se interponía entre su ojo abierto y la luna plateada para saltar a un cobertizo de paja, sito justo al pie de la segunda muralla. La distancia no era mucha y pude hacerlo sin grandes dificultades.

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Pero, en cuanto el guarda de la segunda muralla –que descansaba, él sí, con los dos ojos abiertos– advirtió mi salto, se puso en guardia, pensando que un ángel llegado del cielo o de los infiernos fuera a nombrarle guardián del primer cerco.

Vengáis en nombre de Yahvé o del propio Satán –me dijo solemnemente, tras componerse su capa–, seáis bienvenido a esta segunda muralla. Mi nombre es Arán y estoy deseoso de complaceros.

Mudo de asombro, no supe qué contestarle. Pero, ante el silencio y estupor mostrado por mí, se apresuró a añadir:

- No es preciso que contestéis ahora mismo, si no os apetece. Ya sé que habéis venido a honrarme con vuestra presencia y, aunque desconozco quien sois, yo sé que os llamáis Ben Azibi.

Asentí, complacido por aquel nombre, mientras me dirigía hacia las puertas cerradas con doble llave. Pero Arán no estaba dispuesto a dejar escapar la ocasión de ser recompensado por el ángel de Yahvé o de Satanás, y tuve que aprovecharme de un descuido suyo, cuando, inclinado ante mí y cerrados sus ojos en señal de humildad, me deslicé bajo su manto, le arrebaté la llave y le pedí, una vez con ella, que descansara hasta el día siguiente, en que le prometí pensar en su caso.

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Era medianoche cuando el ansia de poder de aquel portero, confiando en mí, se dejó dominar por el sueño. Y, en cuanto oí sus ronquidos, me abalancé con la llave hacia el portal, lo abrí y pasé cómodamente al tercer cerco. El guarda de esta muralla estaba ebrio y había perdido su llave o nunca la había tenido, puesto que la puerta que vigilaba se abría o cerraba con un empujón, permitiendo así el pase al cuarto cerco.

El guarda de éste dormía día y noche y, por no dar un paso, hubiera pagado lo que el primero tenía escondido en su jergón. Tuve, pues, que deslizarme, colgado a una soga hasta la quinta muralla. Ya me temblaban todas las extremidades cuando vi al guardián, entregado a una suculenta comida que había empezado al anochecer del día anterior. Estaba tan ocupado en su comilona que ni tiempo tenía de reír, ni de llorar, ni menos todavía de abrir puertas a desconocidos. Temiendo que la luz de la aurora descubriera mi rostro, y como la altura era considerable, opté por servirme de algunas artimañas para pasar a la siguiente muralla.

El guardián de la sexta muralla se pasaba la noche observando y criticando al glotón de la quinta, al dormilón de la cuarta, al borracho de la tercera, al envidioso de la segunda y al usurero de la primera. Y puesto que ninguno de ellos me había facilitado el paso, él no quiso ser igual y me abrió, no sin antes advertirme que no lo hacía por mí, sino para fastidiar a sus colegas que ocupaban los primeros puestos de guardianes sin que lo merecieran más que él.

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Abner, el último guarda de las siete murallas concéntricas, quien desconfiaba por principio del resto, nada más verme franquear el portal de la sexta, se rasgó sus vestiduras. Gracias al amanecer que despuntaba ya, Abner pudo observar mi rostro y, tan pronto como reconoció al profeta menor enmascarado de mercader saltarín, arremetió contra él con la furia del rayo, dispuesto a entablar una lucha a muerte. Abner no sólo se negaba a abrirme el último portal sino que quiso darme una lección. Pero, pese a mi debilidad manifiesta tras tanto esfuerzo, no consiguió que me rindiera. La dura pugna, en la que la punta de su maza rozó mi rostro, terminó en tablas, momento en que decidí utilizar de nuevo la astucia para conseguir mi objetivo.

Le hice creer que llevaba un mensaje especial para los hijos del siglo y que si deseaba conocerlo no tenía más que abrirme la puerta, que seguro que no se iba a arrepentir del acto. Intrigado por el contenido del mensaje, Abner decidió, al fin, ceder el paso. Una vez fuera del recinto, le grité, mientras me alejaba como el viento: “El mensaje es éste: no os fiéis ni de vuestra sombra, porque tiempos vendrán en que ésta ya no os seguirá a vosotros, sino al mejor postor”. En lugar de perseguirme, Abner se dedicó a descifrar aquel enigmático mensaje y tardó cierto tiempo en convencerse de que todo había sido una estratagema de un falso profeta cuya cara quedó, desde entonces, desfigurada por la reyerta.

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Aquel mismo día conseguí zarpar en una nave mercante griega y, tan pronto como salimos del puerto, recogido al pie del velamen, agotado y sin fuerzas, me quedé sumido en un intenso sueño. Sólo al cabo de varias horas me desperté, zarandeado por un marinero que me aconsejó encomendarme a mis dioses ante la tormenta que amenazaba con hundirnos. Cada cual había implorado a los suyos, la mayoría a Poseidón, para que la desgracia no se consumara y, al ver que yo era el único que no imploraba la ayuda de lo alto, me señalaron como posible sospechoso.

Fue inútil explicarles que mi dios me había abandonado y que no sabía en donde hallarle. Y, comprendiendo que estaba de más en su nave, no tuve opción ni a que echaran los dados de la suerte. Para ellos, era evidente que yo tenía la culpa de que aquella tempestad presagiara la zozobra de la nave. Yo era la carga embarazosa que había encolerizado el corazón de Poseidón, encabritado y furioso. Y me arrojaron, sin más, por la borda.

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No fueron las aguas quienes se apoderaron de mi cuerpo, sin fuerzas para hacer frente a la tormenta, sino un cetáceo gigante, en cuyo vientre pasé un largo lapso de tiempo que duró siglos enteros, durante los cuales, entre otras cosas, medité los pormenores de mi vida, fortalecí mis dudas y debilidades, y recopilé cuantos datos pudieran servirme para la posteridad. Pero, por mucho que lo he intentado, no he logrado todavía descifrar ese blanco que existe en mi memoria desde el momento en que fui engullido entero hasta el momento en que fui vomitado por aquella ballena, lanzándome sobre una playa desierta de un lugar desconocido.

En el seno de aquel cetáceo, pasé días, años, siglos de reflexión y nostalgia, de muerte y recogimiento, de paz y de olvido. Había presenciado muchos sufrimientos, crucifixiones y muertes, pero ninguna resurrección. Y me había casi olvidado de mi traición a Yahvé o del rechazo de su profeta menor cuando, de repente, al volver a pisar tierra firme, me di cuenta del salto abismal espacio-tiempo que había registrado.

En lugar de morir y resucitar, como hizo seis siglos después el profeta Jesús cuyos discípulos, mezclados hoy con el poder, manipularon su historia a su provecho, me había quedado en un estado de letargo durante siglos. El mundo había rodado a mis espaldas. Y yo había perdido la noción del tiempo o, mejor aún, había tomado conciencia de otra vida, no ligada a las vicisitudes de los humanos. Y, lo que me había parecido unos instantes, había durado, en realidad, veintiséis siglos.

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Días después, caminaba por este mundo, harto diferente al que había dejado, e intentaba comprenderlo. Para los hombres, el tiempo y el espacio habitable habían cambiado, pero no sus sentimientos, sus vicisitudes, sus odios y rencores. Unos seguían acaparando riquezas mientras la mayoría luchaba para sostenerse y vivir. Y otros se defendían a duras penas contra hambre, sed y miseria. Pero la envidia y el odio campaban por doquier, apoderándose de todos. En otros casos, el hastío y el aburrimiento hacían mella hasta desvirtuar el supuesto orden humano. Plagas como la lepra se curaban, pero otras enfermedades nuevas, como el cáncer o el sida, habían aparecido y hacían estragos. El poder seguía engendrando poder y los ejércitos se armaban hasta los dientes contra hipotéticos o reales enemigos. Estos justificaban el primero de todos los males de la humanidad: el poder absoluto. El hombre era el enemigo del hombre y la fuerza del terror dominaba sobre la fuerza de la razón. Y, en caso de no tener adversarios, se inventaban o se creaban hostilidades manifiestas. Entre los militares, se utilizaba una palabra nueva para justificar el gasto de armamento: disuasión. Dicen que es una manera de vencer al enemigo sin necesidad de combatir cuerpo a cuerpo contra él. Así, hoy los ejércitos se arman hasta los dientes para que los adversarios tiemblen y no se atrevan a contradecirles ni a enfrentarse a ellos. Y las ballenas milenarias se han convertido en submarinos atómicos.

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Hoy he tenido la oportunidad de ver en la televisión un programa de Carl Sagan acerca de la humanidad y las armas nucleares. Y lo que pude observar me ha dejado anonadano.

El mundo se empobrece, como dice Sagan, gastando 500.000 millones de dólares –la moneda clásica de referencia a temas balísticos– al año en preparativos para la guerra y empleando a casi la mitad de los científicos y grandes tecnólogos en tareas militares. Y todo para defenderse del supuesto enemigo. E incluso, si éste no existiese, habría que improvisarlo y crearlo. Sólo así pueden justificar tanto gasto de armamento. En cambio, apenas se invierte en los países pobres para alargar la vida o conservarla. Y en los ricos, es más fácil derrochar que invertir para que nadie se quede sin vestir o sin comer. No, el corazón del hombre no ha cambiado. En todo caso, ha empeorado, según los anuncios y presagios de los profetas mayores.

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Al regreso a mi isla, invadida por turistas que acuden a disfrutar de las calendas del estío –ahora llamadas veraneos–, he comprendido el cambio general operado. Para los dirigentes políticos, hablar de muerte y resurrección resulta una perogrullada. Pero, es la excusa para atraer a más turismo. Y si la gallina de los huevos de oro se muere, la sustituyen por otra, hasta que se agote la especie. Aquí, nada de lo que ocurre merece la pena ser tenido en cuenta mientras la gallina siga poniendo. Y cuando ésta falla, todo se tambalea. Con esta perspectiva, sigo caminando tras una identidad perdida que sostiene mi frágil esperanza.

Las manifestaciones vitales de este ser –sombra viviente de mi pasado–, que llora y se desgañita al ver que esa humanidad apenas ha mejorado sus sentimientos hacia el prójimo, se vuelven desesperantes. Una gata blanquinegra levanta un momento la cabeza para mirar, con sus pequeñas pupilas legañosas, la lámpara que arroja una tenue luz sobre lo que voy escribiendo incoherentemente, y se vuelve a dormir tocándose la cola con la boca. Su única preocupación es maullar cuando tiene hambre o juntarse con un macho cuando le aprieta el deseo, lo que le viene ocurriendo cada quince días.

Por su parte, Paz llora o ríe con la misma facilidad. Por el momento, es su forma de expresarse. A menudo se mira la mano o el puño cerrado, descubriendo poco a poco que es suyo y que puede abrirlo o volverlo a cerrar a su guisa. Responde con una sonrisa a las caricias que le hacemos y busca con sus ojos las figuras que se mueven en su entorno. Cuando comience a balbucir sus primeras palabras, tan llenas de sentido para ella e incompresibles para los demás, se adaptará al lenguaje puro y no tergiversado de los niños pero luego tendrá que adaptarse al complicado e interesado mundo de los adultos.

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Yo sé, y no me canso de repetírmelo, que no descubriré ni menos inventaré nada porque casi todo está ya descubierto o inventado. Al menos eso me dicen los sabios e inventores. Lo único que quiero es recobrar los momentos felices de mi infancia… que duele con tan solo recordar sus olvidos…, encontrarme a mí mismo a través de una historia sagrada que aplastó mi infancia y mi adolescencia, y aniquiló todo vestigio de mi ser en estado puro. Quiero seguirme los pasos cuando me pierdo en los bosques del subconsciente. Sorprenderme in fraganti, con las manos en la masa de mis revueltos y rocambolescos pensamientos. Y mirarme, por una vez, de frente, en las aguas tranquilas que rodean mi isla. Es lo menos que puedo pedir en esta historia. De lo contrario, lo confieso, habré fracasado una vez más.

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Dos mil quinientos treinta y siete años después de mi salida de la isla, los aullidos penetrantes de unas gaviotas que planeaban sobre la playa desierta me sacaron de mi sueño. El mar llegaba hasta mis pies, heridos de tanto saltar obstáculos. Había abandonado -¡tanto tiempo hacía de ello!– la tierra prometida, la isla entrañable que había dado luz a mis ojos y voz a mi garganta, el paraíso perdido en medio del infierno de los mares. Me había embarcado en una galera griega de la que me echaran por la borda. Naufragué sin rumbo fijo en el vientre de aquel cetáceo y terminaba, tras un paréntesis de veintiséis siglos, en una playa desconocida.

La lucha cuerpo a cuerpo con el último de los guardianes de las siete murallas me había extenuado y, cuando la tripulación se dirigió a mí, pensando que mi dios podía salvarlos, no pude ni supe reaccionar. Sobre los innumerables granos de arena de aquella playa, tantos como habían sido los hijos de Jacob, quise acordarme de Yahvé de cuya existencia había dudado, e intenté pronunciar su nombre, pero sonaba en mis oídos a badajo herrumbroso. E intenté recordar más detalles de mi infancia.

Solo, y apenas con voz –los primeros sonidos desarticulados habían sido enterrados en la fosa común de los recuerdos sin formas concretas–, pensé en el tiempo de las ingenuas concatenaciones verbales en el regazo materno. Y en mis primeras palabras de protesta, rotundamente acalladas.

- ¡Bastardo, hijo de esclava pecadora! – recuerdo que me gritó un anciano levita a quien descubrí violando a madre, cuando yo aún no había cumplido los tres años–. ¡No sabes que los hijos de ramera no tienen derecho a la palabra!

Por lo visto, ya entonces me había hecho con alguna palabra de protesta, pero, a esa edad, y, sobre todo, hijo como yo era de una hembra sin derechos, cuanto salía de mi boca no tenía valor alguno. Más tarde, fui aplastado por la voz solemne de los profetas mayores, por la fuerza de los soldados, por la retórica de escribas que mandaron enmudecerme, y por los salmos entonados por sacerdotes cebados por el Rey. Y, ahora, veintiséis siglos después de mis primeras humillaciones, me encontraba de nuevo sólo y sin derecho a mi palabra ni a mi memoria.

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Al margen de las rutas de este mundo que yo creía alargado, con su origen en mi isla y su meta en las puertas de la nueva Jerusalén, en donde no habría ya noche, ni luz de antorchas, ni rayo de sol, porque Yahvé alumbraría con su presencia por los siglos de los siglos, me encontraba indefenso y perdido. No iba armado y mis sandalias aún sabían a sal. La mayoría de cuerdas de mi laúd estaban enronquecidas y rotas y, por mis venas, no corría ni una gota de alegría o de amargura. Mi corazón se había resecado, como los viejos pergaminos de los ancianos del templo, incapaz de reaccionar ante siglos enteros que me habían robado, ignorando los designios y los trazados del Dios de mi infancia quien me había elegido en mi juventud y a quien había finalmente perdido.

¿Quién era realmente él, que así se había burlado de su profeta menor? ¿Y quién era yo, que, a su imagen y semejanza, había sobrevivido a los siglos? ¿Quién eras tú, Ben Azibi, sombra viviente del pasado enterrado, profeta desprovisto de mensajes, de Dios y de memoria? ¿Adónde te dirigían tus pisadas, borradas por las olas del mar, por la lluvia y por el tiempo que todo lo tragaba? ¿Por qué no había rastros, ni pistas, ni vestigios de tu historia?

Hoy descasaba bajo un olivo de tronco retorcido. Mañana, sobre un pico recortado, dominando un valle estéril e infecundo. Otro día, al margen de las rutas que marcaban esta nueva geografía. Y más tarde, en los límites de una frontera, protegida por unos celosos aduaneros. Nunca más de una noche bajo el mismo techo.

Recibía, en pleno rostro, la lluvia persistente, el sol despiadado y el huracán furtivo. Las pocas cuerdas enmohecidas que le quedaban a mi laúd resonaban agriamente sobre el alquitrán de la ruta y contrastaban con la escala desconocida de sonidos fugaces que iban y venían en una rapsódica danza de movimientos rectilíneos que rozaban mi exótico camino.

De vez en cuando, una nota chirriante, surgida del roce violento de unas ruedas repentinamente frenadas, dejaba sus huellas sobre el asfalto. Y del carro de humo y fuego, salía un brazo agitando una mano crispada. Conociendo, como yo la conocía, la historia de Elías, arrebatado por otro carro de fuego, me alejaba, receloso, de la ruta de alquitrán mientras oía un volcán de improperios, elevándose en columna contra el cielo. Era como si una larva de palabras candentes se fuera derramando sobre la ruta ennegrecida por aquellos carros casi voladores. Y, alertado por el peligro, comprendía que debía alejarme cuanto antes, evitando el contacto con aquel asfalto que estaba contaminado por el invento de los hombres de este siglo.

Luego, gracias a la ayuda de otros compañeros de ruta, fui comprendiendo aquellos signos convencionales, instalados al margen de la ruta: un disco con el borde rojo y un número negro en el centro representaba la velocidad máxima permitida; disco con borde rojo y flecha torciendo a la derecha o izquierda tachada en rojo, prohibición de cambiar de dirección a la derecha o a la izquierda; disco rojo con franja horizontal blanca, entrada prohibida; un triángulo rojo, aviso de peligro… Era un sinfín de señales e indicaciones generales que guiaban al hombre moderno. Todo un conjunto de códigos que los conductores de esos carros tenían que aprenderse de memoria para poder circular.

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Poco a poco, fui descubriendo que el mundo era redondo y no alargado, cómo rodaba desde siempre alrededor del sol, no dando nunca la espalda con el resto de los astros, y cómo, desde el principio, en el interior de cada hembra preñada, todo era una eterna repetición.

Descubrí las verdaderas distancias –aquellas que separan al hombre viejo del nuevo– y las diversas formas verbales de comunicarme. Pero era evidente que el mundo, por mucho que hubiera avanzado, había perdido de vista su ombligo y no sólo ignoraba sino que retaba a Yahvé, habiéndolo sustituido por otros pequeños dioses, rutinarios y mezquinos. Para ellos, todos los caminos conducían a otros distintos que, a su vez, desembocaban en otros, algunos de los cuales había que evitar a toda costa porque llevaban directamente a la muerte. Pero todos terminan en el mar. Evidentemente, el molde del hombre, hecho de barro sin cocer, se había gastado. Algunos habían pretendido nacer sin ombligo y con el corazón debajo del brazo, dispuesto a arrojarlo a la menor disputa contra el contrincante. Y el progreso había quedado, con las guerras y las constantes disputas, en algún punto, estancado.

Intuí, al fin, que no había salido de un vértice de mi isla, de una arista, de un ángulo cerrado sobre sí mismo, sino de un punto perdido en el pasado al que volvería inexorablemente, empujado por las fuerzas desplegadas de los nuevos tiempos, y en el que no me instalaría definitivamente hasta que no hubiera cumplido mi misión, dejando el mensaje que se me había encomendado. Sólo entonces prescindiría de la simetría de las cosas y descubriría totalmente mi historia personal, en su triple vertiente del pasado, el presente y el futuro, todos ellos al alcance de la mano.

Carl Sagan, astrónomo y divulgador científico estadounidense, gestor del famoso mensaje enviado al espacio en las sondas Voyager, propuso a la NASA, en 1990, tomar una fotografía de nuestro planeta cuando la sonda Voyager se encontraba a 6.000 millones de kilómetros. En un primer momento, la Nasa no entendía qué sentido tendría fotografiar nuestro planeta desde un lugar tan lejano. La Voyager giró hacia la Tierra y tomó la imagen más lejana que hayamos visto de nuestro mundo. Carl Sagan la denominó “Ese pequeño punto azul pálido”.

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Hace tres días que llueve sobre la isla. Tres días en los que el sol no ha aparecido en el firmamento, cubierto de nubarrones. Y un gotear constante penetra poco a poco en mi espíritu, invadiendo los rincones que aún quedaban resecos.

Cuando salgo de casa y miro hacia el cielo, la lluvia fina –no es tormenta ni granizado, sino una lluvia ininterrumpida que se posa sobre mí hasta cubrir por completo cualquier repliego– va empapando mi rostro deformado, anonadándome todavía más. De esta manera, camino sorteando charcos y, cuando regreso a casa, me sacudo como un perro las posibles gotas adheridas a mi alma. Me caliento como puedo ante una estufa de leña pero el agua sigue invadiendo mis pensamientos que luchan por salvarse del naufragio en que me hallo sumergido.

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Mi amada tiene razón. ¿De qué me sirve seguir escribiendo? Es como gritar en el desierto o en pleno océano. Puedo lanzar contra el mar verdades como puños, puedo escribir secretos salvadores, pero si nadie los escucha ni recoge, si el huracán los deshace y esparce por doquier o el oleaje los hunde para siempre, ¿de qué sirve el esfuerzo? Y me siento, en este punto, como un bufón solitario que ha perdido a su señor, a su rey y a su corte. ¡Si, con lo que hoy sé, pudiera volver a mi pasado! ¡Si pudiera conjugar correctamente los símbolos de los nuevos tiempos y lanzarlos al aire! ¡O si, al menos, conociera las claves del presente y del futuro!

Quisiera saber pintar o dibujar, dominar los colores y las formas para proyectar una línea, una simple línea que pudiera tener más valor que mis palabras. O sacar de las combinaciones y matices el color que más se acerca en este momento a mi estado de ánimo.

Quisiera saber salmodiar con mi laúd algunas cánticas, como, siglos antes, llegara a entonarlas. Quisiera poder acariciar, con mis propias cuerdas vocales, una canción surgida en la noche de mi garganta, atenazada por un miedo indescriptible. Pero, a lo sumo, sólo puedo emitir sollozos incomprensibles o gritos desgarrados que despiertan y aterran a mi amada.

Quisiera saber hacer cualquier cosa con tal de liberarme de estas cadenas que me tienen sujeto a la palabra escrita. Quisiera saber dibujar gemidos y escribir los silencios dulces y llenos de vida de mi Paz cuando está calmada. Bosque verde que rebosa savia y vida, resina que brota de los troncos esbeltos, luz que atraviesa y colorea las ramas, como una flecha que llega a la meta... Esas son bellas palabras y no las que no dejan de acecharme.

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Durante mis primeros tiempos, apartado de las actividades corrientes de los hijos de mi pueblo, me había convertido en el pregonero de un mensaje cuya transmisión, en los momentos en que oía su imperiosa voz, no podía eludir. Me lanzaba como un enviado de Yahvé y les soltaba mensajes que eran aceptados o rechazados.

En aquellos momentos yo no temía decir la verdad a los cuatro vientos, aunque fuera desagradable para el mismo rey o, aparentemente, una verdad absurda o una perogrullada. Por desgracia, cuando comencé a dudar de la voz de Yahvé, ya no me atreví a volver a salir para pregonar su palabra, y mis contados discípulos comenzaron a perseguirme por considerar que les había traicionado. El carisma del que Yahvé me había investido era, a la vez, un pesado yugo que ya no soportaba. Temía contarles la verdad que había descubierto. Ellos no podían entender que, por permanecer fiel a mis pensamientos, tuviera que ser infiel a la herencia profética, y que me viera obligado a traicionar mis fuentes.

Comencé por ensalzar menos la grandeza de Yahvé que la de su pueblo escogido. Y yo, que había hablado tanto de él en alegorías y símbolos divinos, acabé hablando sólo del hombre. Descubrí que el poder, aunque procediera de Yahvé, terminaba corrompiendo incluso a sacerdotes y profetas. Consideré que, en adelante, era más imperiosa la relación del hombre con el hombre que la de éste con sus dioses. Y llegué a pregonar que nadie estaba capacitado para interpretar la voluntad de Yahvé. O que, en última instancia, todos lo estaban.

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En ese momento, me atreví a dudar del Rey. Denuncié que su soberanía ni tenía origen en Yahvé, ni era hereditaria. Manifesté abiertamente que tenía más confianza en la soberanía del pueblo que en la real, lo que me perdió definitivamente, pues, a sus ojos y a los de sus sacerdotes, me convertí desde aquel momento en un rebelde y en un falso profeta. Y desaparecí para siempre, pese a que lo que había profetizado se ha cumplido siglos más tardes. Secuestraron mi palabra antes de que desapareciera de la isla. Le quitaron todo el carisma que pudiera tener. La condenaron. La anatematizaron. No dejaron que los escribanos la analizaran ni dejaron que mi voz anunciara las Santas Escrituras. La redujeron a la mínima expresión volatizada.

Ahora, tras volver a aparecer en este mundo y recorrer los caminos polvorientos, reconozco, a fuer de sincero, que he perdido la confianza en todos, incluso en Yahvé, cuyo nombre, de generación en generación, de comunidad en comunidad y de siglo en siglo, permanece. Hoy descubro que sigue habiendo reyes, pueblos, civilizaciones opuestas y enemigos, guerras, y hasta el nombre de Yavhé se ha adaptado a los nuevos tiempos. Lo único que no ha cambiado es el corazón del hombre. En él continúan anidando el amor, pero también las pasiones, el odio, el miedo y la hipocresía, la mentira y otras manifestaciones que le convierten en el enemigo del hombre, al tiempo que sigue creando fantasmas en su entorno, tierras prometidas y mundos felices.

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