jueves, 1 de julio de 2010

Paseo entre recuerdos.


Suelo pasearme más entre las tumbas del cementerio que entre los edificios de cemento, grandes moles inertes que amenazan con hundir mi isla. Aunque estoy seguro que un día no muy lejano construirán también necrópolis con pisos y plantas superpuestas, rascacielos mortuorios, apéndices de las grandes ciudades, en donde ni los muertos se librarán de la fiebre de los especuladores del suelo.

Acostumbro a pasearme entre el recuerdo de los que ya se fueron. Es una forma de sosegar el dolor provocado por mi amada que se alejó de mí y me dejó solo, con mis pensamientos y fantasmas del pasado y sin mi Paz en quien había puesto todas mis esperanzas para enfrentarme con el futuro.

Ahora ya no espero más visitas que la de la muerte, venga ésta disfrazada de robot, de siquiatra, de juez, policía, turista, o de ser de escamas de acero proveniente de otro planeta. La esperaré sentado bajo un almendro en flor o sobre las rocas gastadas de la costa, mientras miro fijamente el horizonte o intento inútilmente contar las estrellas del firmamento. La recibiré como en aquella ocasión en que mi amada me sorprendiera y me descubriera por primera vez el amor: paralizado y sin saber cómo reaccionar. Sólo despegaré mis labios para susurrarle que me deje llevar un secreto en mis bolsillos. Y viajaré con él, guiado por la muerte, sin volver nunca más la vista atrás.


Mañana: Final de capítulo VI y de "El meteco Ben Azibi".

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