viernes, 2 de julio de 2010

Mis primeros obstáculos y mis últimos pasos.


Es preciso anotar, antes de irme definitivamente, que los primeros obstáculos serios que enfriaron mis pasos y calentaron mi cabeza fueron precisamente al llegar a la frontera. Yo no conocía el significado exacto de esta palabra hasta que la pisé. Pensaba que lo que separaba un país de otro podría ser un alto muro o unas murallas como las existentes en mi isla, una barrera infranqueable de obstáculos, o el mismo mar que une y divide al mismo tiempo. Pero no. No encontré nada de eso cuando abandoné mi país para entrar como meteco en otro, sino a unos carabineros que controlaban a toda sombra sospechosa que intentaba filtrarse de matute. Ellos estaban allí para eso. Tenían que proteger legalmente sus fronteras, lo mismo que los otros, a unos metros de distancia, protegían las suyas. Y estaban dispuestos a defenderlas negando el paso al ciudadano indocumentado o rechazándole, en última instancia, como los militares, por la fuerza de las armas. Pero ¿defenderlas de qué o contra qué?, me preguntaba yo, sin darme cuenta que eso era lo de menos. Lo importante era el defender algo. Los enemigos venían después. Siempre había algo que defender y hasta pretendían dar la vida por ello, supeditándola a algo tan abstracto como “la Patria”. De lo contrario, los carabineros, la policía, los militares, perdían parte de su razón de ser e incluso podían ser acusados de alta traición.

Y ahí entra la parte burocrática: la documental. Cada ciudadano debe estar en posesión de unos papeles debidamente cumplimentados, con todos sus datos personales, que avala al firmante de los mismos. Estos documentos demuestran que uno no solo existe, sino que tiene un nombre y unos datos personales, o que se es capaz de circular sobre ruedas. Otros, en fin, demuestra que uno no es más que un meteco, de fuera del país en donde osa pisar, e indican la procedencia, lugar de residencia, etcétera. Todo este tinglado burocrático implica tiempo, largas colas, papeleo, paciencia y cierta cantidad de dinero.

Esperando en la cola de los que aguardaban pacientemente el momento de pasar por la aduana, me encontré en el bolsillo un pasaporte que coincidía exactamente con mis datos personales. Mi sorpresa fue mayúscula, pero más grande fue cuando lo entregué a los carabineros, los cuales, tras las preguntas de rigor, observaron que todo estaba en regla menos mis estrambóticas contestaciones. Entonces no comprendí muy bien lo que había sucedido. Hoy lo recuerdo perfectamente. Aquellos seres de escamas de acero, previendo lo que iba a sucederme, habían depositado en mis bolsillos aquellos documentos. Pero ¿de dónde diablos los sacaron? Supongo que de otro meteco que debieron secuestrar. Lo raro es que todos los datos personales coincidían con los míos.

- Para nosotros –recuerdo que me dijeron, adivinando en su única respuesta cierto guiño provocado– no es difícil reproducir un terráqueo. Sabemos que cada uno de ellos tiene al menos un doble.

Era la primera y la última vez que presentía sus sonrisas. Era la postrera de sus jugarretas antes de perder la memoria, borrada sin duda por un brebaje que me dieron a beber, previo al vuelo de regreso. Después, mi mente registró un gran vacío, al que las preguntas rutinarias e insistentes de los guardias aduaneros de la frontera, me remitieron una y otra vez:

- ¿De dónde viene?... ¿Es esta la primera vez que visita este país?... ¿Cuánto tiempo piensa permanecer en él?... ¿Con qué intención?... ¿De cuánto dinero dispone?...

(Próximamente: Recopilación del capítulo VI, “Esperando a la muerte bajo un almendro en flor)

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