miércoles, 30 de junio de 2010

Los silencios del androide.


Los periódicos que he podido consultar de las fechas en que sucedió la catástrofe en la antigua URSS en 1986, hablan de una fuga radiactiva mortal, provocada por incomprensibles e inesperados fallos técnicos y humanos. Describen una evacuación forzosa de más de medio millón de habitantes que vivían tranquilamente sin que ninguna autoridad les hubiera prevenido de la posibilidad de tal catástrofe, perfectamente evitable, según técnicos críticos de esta alternativa. Aseguran que el accidente ocurrió por un fallo en el sistema de refrigeración de uno de los reactores de la planta y por una serie de problemas en los mecanismos de seguridad. Tras varios días de silencio impuesto en los medios de comunicación para no alarmar a la población, un millón de dosis de potasio de yodo fue enviado a la comarca para ser administrado gratuitamente a los residentes de la zona. Medida que de muy poco sirvió.

Diez años después, el cincuenta por ciento de los habitantes huidos ya había muerto, atacado por una misteriosa enfermedad que no se quiso relacionar con el caso para no asustar a la población. Y, veinte años más tarde, de aquella tragedia en la que la emisión de radioactividad fue doscientas veces mayor que la de las bombas de Hiroshima y Nagaski, ninguno de los habitantes que recibieron la lluvia radioactiva se había liberado de alguna enfermedad, a pesar de la dosis gratuita de potasio de yodo. Datos que el robot no mencionaba en su perorata que terminaba con estas palabras:

- Nosotros somos los primeros en reconocer que la energía nuclear presenta algunos riesgos, pero también sabemos que todos ellos son perfectamente manejables, convirtiéndose en la fuente más segura y más limpia que conocemos.

Idénticos silencios pesaban sobre otros accidentes nucleares que se registraban en otras zonas. ¿Qué se podía esperar de una energía que había sido concebida en secreto y se desarrollaba en la guerra? Pese a que la mayoría de plantas atómicas estaban monitorizadas a través de computadoras, satélites o robots anticontaminantes, la energía nuclear amenazaba con destruir todo vestigio de ser sobre la tierra.

Se lo grité al oído en el momento que pasó cerca de mí. Pero el robot ni se inmutó. Al parecer lo crearon sin que pudiera entender ciertos discursos. O con lo oídos taponados para ciertas palabras

- Yo sólo cumplo con mi deber –dijo, justificando su soflama–. Lo siento, tengo mucho trabajo.

Y se dio torpemente la vuelta.

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