miércoles, 17 de febrero de 2010

Almendro en flor.

Su cuerpo es armonioso, como la geografía de mi isla y las líneas de la palma de su mano, abierta al sol, me muestran los senderos por los que discurre su vida. Me gusta sumergirme en sus calas transparentes, pasearme por sus leves colinas y tomar la vereda de su río de aguas limpias que desembocan en el mar. Su sonrisa, de almendro en flor, y su tristeza, de hoja caída y disecada, se alternan con su mirada vacía que no distingue el día de la noche, ni la primavera del verano. Me afano en trabajarla como el campesino labora el campo, desperdigando la buena semilla, arrancando la mala hierba y vigilando sus senderos. A veces me planto y, disfrazado de espantapájaros, intento ahuyentar las aves rapaces que intentan invadirla. Y recojo con toda mi paciencia los frutos caídos o los arranco con ansia de sus árboles.

Sé que hay otras islas y otras tierras que esperan la fuerza joven de brazos fuertes que las trabajen. Pero el azar, apodo del dios del universo cuando trabaja de incógnito, me ha traído hasta aquí para que la conozca. Por el momento, no maldigo mi destino y hasta me alegro de que, con su misterioso dedo, me haya señalado el camino.

Ella es como el campo de mi isla, al que pienso regar con mis sudores y trabajar con la ternura del campesino. Comeré exclusivamente de sus frutos y viviré de su calma y armonía, en medio de un mar bravío y traicionero que nos tiene rodeados. Y un día, cuando yo muera, han de quemar mis restos y esparcirlos sobre ella.

(Mañana: Claudicación)

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