jueves, 18 de febrero de 2010

Claudicación.


Sabía que, tarde o temprano, acabaría claudicando, pero no imaginaba que sería tan pronto ni estas circunstancias. Desde que, forzado por las adversas coyunturas, encaminamos nuestros pasos por los laberintos municipales que llevan a largas y kafkianas salas de espera y a antesalas de unos consejos y comisiones que pretenden encarrilarnos, ando malhumorado. En los murales del Ayuntamiento del distrito 18, por obra y gracia de su madre –mi patrona, que quiere que todo quede atado y bien atado–, lucen nuestros nombres en un bando público, por si alguien conoce alguna objeción legal a nuestra unión. ¡Prostituir de esta manera nuestro amor, plasmándolo en los polvorientos archivos de una alcaldía, y adaptándolo a las exigencias municipales!

Nuestra pequeña claudicación supone entrar en contacto con un montaje comercial que cuenta con el apoyo del propio Ayuntamiento. Dos cartas hemos recibido ya de comerciantes que aparentan preocuparse paternalmente por nosotros. La primera, de un platero, y la segunda, de un importante sastre. Ambos relacionados de alguna manera con el municipio, al servicio de unos intereses privados y comerciales.

(Mañana: Consumo-producción-consumo).

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