viernes, 12 de febrero de 2010

Una dulce madrugada.


Confieso que el contacto con su cuerpo desnudo fue algo sublime, sobre todo cuando comprobé que toda su ternura y su hermosura se convertía en una invitación a la abertura, en una comunión en la que yo no había tomado la iniciativa, sino que me limitaba a aceptarla. Comprobé cómo aquel simple gesto desataba todo mi impulso pasional que llevaba oculto. Y los deseos de este simple meteco se correspondieron con los de aquella criatura.

Confieso que, en aquel momento, me tomó y me indicó dulcemente el camino para llegar al fondo de su ser. Casi ni tiempo tuve de resistirme porque, nada más insinuarse, no pude contenerme más y rompí a llorar. No había podido controlar mis impulsos torrenciales y un estremecimiento de placer y de excitación sacudió mis entrañas mientras consumaba mi yeculación precoz.

Mi gozo era total. Ella, más que decepcionada, se quedó sorprendida. Noté que su corazón también latía muy deprisa y locamente la abracé y acaricié como si toda mi existencia dependiera en aquel momento de la suya. Poco después, ella también experimentaba un orgasmo. Luego, al cabo de una hora de abrazos y de besos, al clarear del día, contemplé su rostro embelesador y su mirada, vacía. Y reconocí con mis ojos a la que ya conocía con mis otros sentidos.

Nuestra última clase de lengua terminó de una forma muy especial. Antes de que el Metro abriera sus fauces, ella se despidió con un último beso en mis labios y me dejó con un largo sabor de cordero lechoso. Tenía que volver a su cama, un piso más abajo, antes de que su madre, mi patrona, se diera cuenta de la osadía de su hija.

(La semana que viene: La encrucijada)

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