lunes, 8 de febrero de 2010

Capítulo II. El potro salvaje.


Entre las raras y excepcionales visitas que he recibido en mi buhardilla, dos retengo especialmente en mi memoria. La primera fue la de un señor pulcramente vestido con un frac y un sombrero negro. Iba rasurado, con un bigote perfectamente recortado y un maletín asido por su mano derecha.

- Muy buenos días, caballero –me dijo cortésmente, mientras se quitaba el sombrero y se presentaba como agente de seguros.

Sin más palabras y antes de que pudiera reaccionar, me entregó unos papeles que extrajo de su maletín y me preguntó, sin esperar mi contestación:

- ¿Es usted casado o soltero, jovencito? No importa. He aquí unos impresos que demuestran la oportunidad de mi visita. Porque usted nunca ha pensado lo que mañana u hoy mismo le podría ocurrir. Seguro que no. Esas cosas no se piensan. Pero ocurren, desgraciadamente, y, cuando uno quiere darse cuenta ya es demasiado tarde. Por esto yo le ofrezco a usted la oportunidad de pensar en ello… Vea, jovencito. Se trata del seguro más perfecto que existe contra la muerte. Un seguro que usted irá pagando en cómodos y módicos plazos, de acuerdo con su situación financiera, a fin de que, cuando ésta le sorprenda, sepa cómo afrontarla dignamente y no se encuentre como la mayoría de la gente que no sabe qué hacer ni cómo reaccionar dignamente.

Aquel visitante hacía gala de una retórica pulcra e infatigable. Hablaba y hablaba y parecía saber de antemano cada una de mis repuestas. Declamaba al dedillo las preguntas, antes de que cualquiera pudiera formularlas. Y las contestaba, una tras otra, sin dudar de nada. Diez minutos llevaba hablando sin parar y así seguía, de pie ante mí, no sabiendo cómo quitármelo de encima.

- Porque usted seguro que es una persona inteligente y precavida. Y como tal, no se confunde con tantos y tantos charlatanes que lo único que buscan es vender sus productos, engañando como pueden al personal. No, yo no soy como ellos, a Dios gracias. Ante todo, porque no vendo. Ofrezco, con plena garantía, una alternativa a esta vida, cruel y llena de desengaños, que nos conduce a todos inexorablemente a esa cita de la que nadie se libra. Usted ya ha comprendido, claro. Se le nota, jovencito, que es de clase alta…

Ni siquiera cuando metía la pata, como acababa de hacer, se paraba. Al contrario, trataba de arreglarlo a su modo.

- Bueno, usted ya me entiende. Porque se le nota a la legua que es usted muy cortés y refinado. Si me permite, le recomiendo que lo coja con todos los gastos pagados. Resulta mucho más cómodo no molestar para nada a nadie cuando llega el momento de la verdad, que, tarde o temprano, se presenta, no lo dude. Y resulta tan cómodo saber que otros van a preocuparse en sus últimos momentos para que pueda continuar plácidamente el viaje...

Mañana: El ocaso.

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