viernes, 19 de febrero de 2010

Consumo-producción-consumo.

La verdad es que no sé muy bien qué tiene que ver nuestro amor con los anillos de oro o de plata que nos ofrecen. Ni qué relación guarda nuestra unión con los trajes de etiqueta para bodas.

Hasta hoy, este país me ha ignorado, como ignora a todo meteco. Pero he ahí que, en nuestro rito de entrar a formar parte del mismo, este país quiere olvidarse de que he sido y sigo siendo un meteco, y, pese a mis medidas propias de un enano, pretende ponerme a la altura de cualquier ciudadano tras reconocer mis obligaciones así como mis derechos y prerrogativas. Me temo que, en adelante, será inútil permanecer en el anonimato y en la ilegalidad. Me escribirán, me visitarán, intentarán convencerme para que cambie mi chiribitil por una casa decente y para que convierta mi zaquizamí en un hogar confortable. Aunque en ello me vea hipotecado hasta las cejas.

“El hogar –me dicen machaconamente los comerciantes, alertados por nuestra próxima unión civil– es la casa; y la casa es la cocina con todos los artículos a su alcance para sostener y alimentar el hogar. Los muebles, la cómoda, la cama de matrimonio, los hijos, el ropero, del mismo estilo, lleno de ropa, la radio y televisión en color, el cuarto de baño con su ducha‑teléfono y sus espejos pluridimensionales”… “El hogar –me repiten los sabelotodo y gurús de esta sociedad– lo es todo y todo depende de él. Incluida su felicidad en el futuro”.

Y esta sociedad, que ayer me apartaba sin consideración, hoy me lame las plantas de los pies, quiere que entre en su ciclo de consumo‑ producción‑consumo y me muestra su sonrisa. Pero yo he descubierto, tras sus gestos generosos, sus dientes afilados. Comienza su primer plan de ataque, con estos bonos gratuitos y rebajas concedidas a las parejas dispuestas a estrechar vínculos legales. Si no fuera por la incomprensión y disgusto de alguien que espera ese día como el más feliz de su existencia, me casaría desnudo. Salvajemente desnudo y sin otra oferta que mi propia existencia, como muestra de mi rebelión social.

Estoy harto de símbolos sociales, comenzando por las palabras y los ademanes estereotipados y vacíos de contenido y terminando por esa retahíla de objetos pretensiosamente portadores de nuestra felicidad.
(La semana próxima: Los imperdibles inconfundibles de mi amada)

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