martes, 27 de abril de 2010

El velo del recelo.


Camino con los ojos desencajados. Mi amada ya no me responde y parece alejarse de mí para parir lejos de mi mirada. Hace casi dos meses que hemos cortado toda relación sexual. Ando errante por la calle como un loco, con mi faz, además de arañada, desquiciada. Me ciega una pasión insatisfecha. Yo la quiero pero ella no me desea. Quisiera ser tierno sin llegar a más, pero mis instintos son más fuertes que mis simples deseos. Mi ternura se desborda fácilmente en pasión incontenible. Una pasión que, al no encontrar un recipiente donde guardarla y transformarla en cariño, tiende a desparramarse salvajemente en los senos de cualquier mujer, en un cuerpo desconocido y caliente que quiera perderse por unas horas con el mío. Aunque me resisto a perderme con un ser diferente a mi amada.

Y en ese lapso, sin ella, siento desfallecer, que mi vida no tiene el mismo precio, que todo se me pone insoportable, que nada ni nadie es capaz de devolverme la calma y el sosiego, y que pocas cosas tienen ya el mismo color. ¡Cuándo podremos levantar esas trincheras! ¡Cuándo lograremos comprendernos y amarnos como antes! Guardo recuerdos indescriptibles de su corazón que el velo del recelo pretende ocultarme.

(Mañana: “Paz ha nacido”)

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