viernes, 23 de abril de 2010

Soledad, disfrazada de palabras.


En la isla que me vio nacer, la misma que me enseñó a expresarme, hoy, me siento incomunicado. Ni comprendo realmente a los demás ni ellos me comprenden a mí. No sé lo que es peor. Antaño, en mis tiempos ya lejanos y olvidados de mi otra vida de profeta menor, creo haber vivido esta misma angustiosa situación: no servir ya de intermediario por dudar de Yahvé y de su mensaje. No creer ya en él, ni en mis hermanos, los hombres. Y quedarme estancado en la soledad que, poco a poco, me hunde. Me siento como una isla condenada a desaparecer, tragada por el mar, sin esperanzas de ser apercibida. Tal vez un día un náufrago la descubra. Pero será para morir poco después en ella, abandonado y olvidado de todos.

Soledad disfrazada de palabras: no me he enamorado yo de ti, sino que me han obligado a tomarte. Desde el fondo de mi alma, te odio sin fuerzas.

(Próximamente: El velo del recelo)

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