miércoles, 14 de abril de 2010

Siglos o minutos de espera.


En el vientre de mi amada, crece un ser que hemos creado a golpes de amor, miedo y placer. Hoy hemos oído el latido de su diminuto corazón. Tiene ya rostro humano y se mueve instintivamente, pero ignora lo que le espera en el exterior. Sus pies dan ya los primeros pataleos de protesta. Cuatro meses de identidad navegando en su seno y aún no tiene nombre. Sólo un cordón umbilical que le liga a su madre a la que yo amo en noches de silencio y miedo.

El espacio alrededor de él es cada vez más reducido y cada semana que pasa se siente más dueño de su mundo. Se duerme cuando nota calma y se despierta al cabo de minutos o de siglos. Para este diminuto ser, ambas unidades de tiempo tienen el mismo valor, como para mí cuando estuve en el vientre cetáceo que me transportó a este mundo. Lo mismo pasaron veintiséis minutos que veintiséis siglos. Se sobresalta ante ruidos agudos y quien sabe si escucha las palabras tiernas o salvajes que pronuncio al oído de mi amada. A veces es tan impetuoso que pienso que no quiere o no puede soportar por más tiempo la oscuridad. ¿Estará deseando conocer lo que sucede en el exterior? A veces me pregunto si tenemos realmente derecho a condenarlo a vivir en él.

(Mañana: En busca del tiempo perdido)

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