jueves, 29 de abril de 2010

Capítulo IV. Paz es su nombre. (Recopilación)


Los gobernantes de los países más poderosos de la Tierra lo repiten constantemente.

- Hay que estar precavidos para una autodefensa rápida y certera.

Así justifican el aumento de los gastos militares que, en la mayoría de casos, superan los del empleo y la enseñanza. Pero autodefenderse ¿de qué o de quiénes? “Autodefenderse del enemigo”, contestan sin ninguna duda. Y el enemigo puede ser cualquiera de las fuerzas del mal. Al insistir ¿de qué mal?, replican con la misma fuerza: del que nos amenaza constantemente. Con esta pueril excusa, las grandes potencias no dejan de aumentar las armas nucleares almacenadas a fin de estar preparadas cuando llegue el momento. Con ellas, en un supuesto conflicto mundial, el planeta que habitamos podría explotar no una sino noventinueve veces. Bastaría con que un jefe de Estado poseedor de esta arma apretara el botón de ataque contra su enemigo más peligroso y éste, a la vez y antes de desaparecer, apretara el suyo. De esta manera, con que media docena de países dispuestos a defenderse, atacando a sus enemigos con armas atómicas, convertirían el planeta entero en un cementerio. Diez toneladas de TNT per cápita son más que suficientes para que las viejas teorías de países amigos y enemigos, separados o unidos por fronteras, aduaneros, carabineros y ejércitos, dejaran de tener sentido

Más de diez mil kilogramos de trinitotolueno por persona amenazan al hombre, encerrado en su casa, su ciudad, su cultura y su civilización. Todo está hipotecado por el fantasma de una guerra que, una vez desatada, no dejaría tiempo ni para volverse atrás con una paz consensuada. En menos de treinta minutos, los dos enemigos más potentes se destruirían mutuamente, sin quedar ni vencedores ni vencidos. Quizás por eso seguimos hoy con vida, porque las dos o tres potencias de más peso no pueden pelearse, sino soportarse con resignación y aliarse entre ellas. Y al resto, no le queda más remedio que seguir al pairo o, simplemente, a la sombra o al arbitrio de las más fuertes. Pero ¿y si alguno de los responsables de estas armas dejara de pensar según este razonamiento?

Sé que es una provocación que, como un tumor no perceptible a simple vista pero sí perfectamente diagnosticable, lleva la humanidad consigo. Y un reto contra cada uno de nosotros, que nada tenemos que ver con la decisión final, aunque sí con los resultados de la misma. Pero a mí, el más enano de los mortales, de muy poco me sirve saberlo, si no puedo hacer nada para desmontar ese juego mortal. También los militares lo saben, pero prefieren olvidarlo y distraer a los pueblos con las viejas enemistades de pacotilla.

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A los literatos que logran distraer la atención de esta gran y única verdad trascendental, se les recompensa con una dote heredada por el descubridor de la dinamita. Ironías del destino. Y a los ciudadanos que denuncian la situación se les mira de reojo, tachándoles de jeremíacos. Desgraciadamente, todas las profecías de Jeremías se han ido cumpliendo al pie de la letra.

Entretanto, prevalece la lucha por el petróleo. Y las divergencias entre los países más ricos se fundamentan en el destino y dominio de los pozos petrolíferos. Los jefes de Gobierno pretenden abogar, con bellas palabras de esperanza, por una negociación. Pero los hechos desmienten sus intenciones. No faltan quienes buscan ante todo las soluciones diplomáticas, pero no descartan ninguna acción, incluida la militar. Los políticos no quieren hablar del pasado ni buscar otras soluciones que, según ellos, no existen. Pero haberlas, haylas. Y me pregunto por qué la solución, no perfecta pero justa, de eliminar en cinco años todas las armas de destrucción masiva, incluidas las de los países más poderosos, se ha considerado tanto tiempo como imposible.

En estas escaramuzas contradictorias, todo está supeditado a la lucha de intereses de las grandes potencias que sellan con sus armas cualquier divergencia y aumentan el pánico y el horror que constantemente nos amenaza Yo mismo, desde mi pequeñez e insignificancia, me siento paralizado por el miedo. Un miedo que me espanta y me induce hoy a hacer el amor con mi amada, sabiendo que la puedo fecundar. Un miedo que nos une en nuestra ceguera y pequeñez. ¡Contamos tan poco, por no decir, nada, en este mundo que se tambalea como un borracho al borde de un acantilado! Y, junto al temor al mañana y al momento en que vivimos, brota de nosotros un sentimiento de aprovechar al máximo lo que tenemos, que, por el momento, es lo único que nos salva frente a la amenaza constante de explosión nuclear.

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Esta noche, he apretado a mi amada, desnuda, entre mis brazos; ella me ha besado y nos hemos perdido el uno en el otro. De esta manera, reconocemos por nuestro tacto nuestras individuales existencias, penetrando en esta dimensión en donde no existe ni el tiempo ni el espacio. Pero, en esta ocasión, y pese a un tiempo primaveral, un escalofrío ha sacudido mis miembros. ¡Pensar que estas bombas podrían destruir no una sino noventinueve veces este planeta que aún resulta tan hermoso!

Nueve meses tardará nuestro hijo en nacer, si es que el mundo en el que debe vivir existe todavía. Nueve meses al margen de todas las miserias. Si supiera lo que le espera puede que hasta nos reprochara que le hayamos dado la vida. En todo caso, esperamos que sus primeras palabras pronunciadas sean “Tierra y libertad” y que comience a caminar y a comprender quiénes son sus amigos y quiénes sus enemigos. Muy pronto, si quiere prevalecer, tendrá que distinguir entre la verdad y la mentira de este mundo podrido. Y esperamos que tenga suficientes agallas para enfrentarse, sin más armas que la razón, a todo lo que suponga o signifique el poder ciego de las armas, la sombra, la sospecha, las trincheras, el enemigo, las fronteras, la patria, la guerra, las cruzadas... Ojalá tenga él la misma libertad que nosotros para elegir lo que mejor le convenga.

Se está con o en contra de estos principios. Ya no se puede vivir a lo Crusoe.

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La prensa anuncia que los restos de un cohete propulsor de una nave espacial caerán desintegrados en la Tierra dentro de tres días, dos horas y veinticinco minutos. Hay quienes recomiendan que miremos ese día hacia arriba, no sea que caigan sobre nosotros. ¿No será otro truco para que dejemos de fijarnos, aunque sea por poco tiempo, en lo que sucede a nuestro alrededor?

Los medios periodísticos, que hacen el juego a los poderosos, pretenden hacernos creer que la gente está, en cierta forma, más inmunizada contra el anuncio de la amenaza nuclear que contra la caída de un cohete propulsor. De la misma forma, un accidente cualquiera de aviación o ferroviario, un crimen pasional o un acontecimiento deportivo, ocupan más páginas en la prensa escrita, más espacio en las ondas herzianas y más tiempo en la pantalla televisiva que el paro galopante o la inflación. La vida es cada vez más cara y de peor calidad. Hay una superabundancia de brazos caídos y aumentan las posibilidades de enfrentamientos abiertos y de guerras declaradas. Pero eso es otra cuestión.

Por otra parte, algunos militares, científicos y políticos piensan que hay demasiada gente sobre este planeta y que, al desbocarse el caballo del progreso o al azotar la amenaza del paro, hay que pararlo de alguna manera antes de que se arrepientan de haberlo dejado correr desbridado.

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Me da cada vez más temor asomarme a este cuaderno. Nadie sabe lo que pienso pero lo que escribo, escrito está y, de caer en manos de críticos o grafólogos, puede ser interpretado de mil y una maneras. Me da miedo asomarme en su interior y he dejado pasar varios días antes de escribir otra hoja. ¡Resulta a veces tan difícil coger el pensamiento al vuelo y plasmarlo al desnudo en una página en blanco! Temo dejarme embaucar o encarcelar por mi escritura o no encontrar lo que tan ansiosamente busco. Me da miedo comprometerme con la letra. Prefiero dejar mis pensamientos sueltos. Volar sin el riesgo de ser observado y seguido por cazadores furtivos, censores e inquisidores que enseguida te convierten en su víctima preferida.

He llegado a la conclusión de que, en este mundo, en donde todo está manipulado, no hay cabida para el ingenuo que se dedica a escribir lo que piensa. Sé que, en el mercado de la palabra escrita, los tópicos y las repeticiones no valen nada. Hay que inventar y ser original. Sé que toda palabra tiene su precio, económico o moral. Y me da pánico dejarme llevar por esos valores convencionales, entrar en el juego de la gramática y el estilo, olvidarme que, detrás de ellas, hay un desesperado mensaje de náufrago. Temo perderme entre tanta floritura. Y encontrarme, al final de esta historia, conque ya no tengo nada que decir porque, por el camino, se me ha olvidado o alguien me ha arrebatado el mensaje. Por eso tengo, a veces, ganas de pararme en seco, dejando el resto de páginas en blanco. Y confieso que más de una vez estuve a punto de sucumbir a la tentación.

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Entretanto, un ser diminuto sigue creciendo en el vientre de mi amada, cuyas curvas de la geografía de su cuerpo son, cada día que pasa, más prominentes. Crecieron sus pechos diminutos y toda ella es más bonita, al contrario de mi rostro, cada vez más feo.

Dentro de unos meses, el ser que nada en las aguas del misterio saldrá de su vientre para dar su primer grito de protesta.

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En el vientre de mi amada, crece un ser que hemos creado a golpes de amor, miedo y placer. Hoy hemos oído el latido de su diminuto corazón. Tiene ya rostro humano y se mueve instintivamente, pero ignora lo que le espera en el exterior. Sus pies dan ya los primeros pataleos de protesta. Cuatro meses de identidad navegando en su seno y aún no tiene nombre. Sólo un cordón umbilical que le liga a su madre a la que yo amo en noches de silencio y miedo.

El espacio alrededor de él es cada vez más reducido y cada semana que pasa se siente más dueño de su mundo. Se duerme cuando nota calma y se despierta al cabo de minutos o de siglos. Para este diminuto ser, ambas unidades de tiempo tienen el mismo valor, como para mí cuando estuve en el vientre cetáceo que me transportó a este mundo. Lo mismo pasaron veintiséis minutos que veintiséis siglos. Se sobresalta ante ruidos agudos y quien sabe si escucha las palabras tiernas o salvajes que pronuncio al oído de mi amada. A veces es tan impetuoso que pienso que no quiere o no puede soportar por más tiempo la oscuridad. ¿Estará deseando conocer lo que sucede en el exterior? A veces me pregunto si tenemos realmente derecho a condenarlo a vivir en él.

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Dicen los mayores que, con los años, el tiempo se convierte en lo más importante de esta vida. Los minutos, las horas del día, las noches y los meses del año que hemos estado despilfarrando se tornan irrecuperables. La vida se hace cara y la muerte, que ha ido tomando cuerpo ante nosotros y tiene ya rostro humano, puede salirnos, de repente, tras cualquier esquina y llevarnos con ella de un zarpazo. Aunque también puede hacerlo a un joven o a un niño.

Los escritores van en busca del tiempo perdido. Desgraciadamente, lo más que consiguen son cuatro connotaciones literarias a lo Proust. De esta manera se reinventa el pasado. Reminiscencias, sentimientos de algo vivido y saboreado de antemano pero que no volverá nunca más. Son como pescadores de una época pasada e inventores de algo que murió sin remisión.

- Nada de cuanto ha pasado volverá –me advierten y aseguran quienes han vivido su pasado– y sólo quien no tiene el coraje de enfrentarse con un presente, o imaginación para adivinar un futuro, se refugia en el pasado de la historia.

Tal vez sea así, pero, aún sabiendo que la historia nunca se repite, ¡resulta tan tentador bañarse y sumergirse en sus aguas! Por eso siento la tentación y el placer de volver a hundirme en ellas, pensando que sigo siendo el mismo y que quizás sean ellas las que pasan...

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Nacerá entre dolores de parto, a galope entre guerras, tras haber sido concebida en una noche de amor y de miedo. Hoy hemos sabido que será hembra y ya elegimos su nombre. Se llamará Paz y será como un símbolo levantado frente a quienes pretenden enriquecerse a costa de la guerra. Ella no sabe lo que le espera. Ignora que el mundo entero la desea desde hace más de treinta siglos. Que mientras viva tranquilamente en un país, en otros se la aplastarán sin piedad. Que nosotros la esperamos desde que sabemos que existe y que, en el noveno mes, será expulsada del seno de mi amada. Será mi nombre preferido después del de Libertad.

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Si me tuvieras más confianza –me ha repetido mi amada–, no recurrirías a tu cuaderno para desahogarte y contarle tus secretos. Al fin y al cabo, ¿con quién te comunicas cuando escribes?

- Conmigo mismo –le he contestado sin dudarlo–, que no es poco.

- Pareces disfrutar en silencio, mientras te atormentas sobre tu pasado ¿Por qué no quemas las velas como yo hice con las mías?

Creo que ella no ha comprendido lo que hago y presiento que nunca vaya a comprenderlo. No porque no sea capaz, sino porque tiene los ojos cerrados a mi pasado y prefiere pensar en mi presente. Pero yo no puedo quemar las únicas velas que me quedan de mi viaje, aunque sean trizas inservibles. Entre otras cosas, porque pienso volver con lo que queda de ellas a mi pasado y conocerlo mejor.

- ¿Hasta cuándo? –ha añadido, mientras se palpaba su enorme vientre, como si quisiera comunicarse con nuestra hija– ¿Hasta cuándo piensas seguir viajando solo por tu mundo?

En el fondo, pienso que es una especie de envidia que siente por lo que sus ojos no pueden captar, salido en silencio de mi escritura.

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- Toda nuestra vida es un viaje –he dejado caer, esperando que mi amada lo comprendiera–, desde que nacemos hasta que morimos.

Pero ¿por qué sigues encerrado en tu torre de marfil? –ha insistido ella con cierta crítica que me ha sorprendido–. Por mucho que escribas, ¿quien te leerá? Y por mucho que grites en tu imaginario mundo, ¿quién te escuchará?

Puede que tenga razón. Mis mensajes se hundirán en el mar como lo hacen los navíos perdidos y heridos, sin rumbo ni cabotaje. Reconozco que éste es un acto suicida y desesperado. Pero me queda la esperanza, que es lo último que me devuelve la confianza en mí mismo. Una esperanza que, por otra parte, no me ha servido hasta el momento de gran consuelo.

No te hagas el fuerte y abandona tu endiosamiento –me espetó, alcanzando lo más hondo de mi corazón–. Eres un animal salvaje acorralado al que mucho me temo que terminarán por domesticar.

- Aún no he conocido a nadie que intente hacerlo –le he respondido con cierta arrogancia, resistiendo y defendiendo mi orgullo herido–. Que lo hagan, si se atreven.

Luego, más sosegado, he recordado sus palabras y he intentado rebatirlas con mis argumentos. Pero, ¿qué hacer cuando uno pierde la fe en las palabras? Al pintor le quedan todavía los colores donde aferrarse. Las notas y sonidos, al músico. La materia, al escultor. Pero ¿qué le queda a uno cuando ha dejado de creer en el lenguaje en el que habitualmente se comunica con los demás?

Posiblemente ella tenga razón y esto no sirva de nada. Pero, aunque sea por inercia, seguiré escribiendo. Sé que mis gritos se perderán en el océano. Y que gesticularé como un payaso, ante un público ausente. No importa. Mi acto es un testimonio. Lo sé yo y me basta. No puedo dejar de decir lo que ahora siento, incluso si nadie me escucha. Lo malo es que a veces me creo lo que presiento y no distingo, como antes, qué es la verdad, a quién va dirigida y el grado de credibilidad que mis palabras –transportadoras de esa verdad– puedan ofrecer.

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Otra vez el cansancio y el agotamiento, la frustración y esa impresión fría de luchar contra el vacío. ¿Será cierto que nunca llegaré a nada? ¿Y que, olvidada mi etapa de profeta menor que osara levantarse en contra del Altísimo, pase desapercibido por la vida? ¿Será éste mi castigo secretamente impuesto por Yahvé al que, un día, dejé de creer? Que moriré como he vivido, anónimamente, y que mi recuerdo se esfumará y el silencio absoluto recaerá sobre mi tumba. ¿Será verdad que el olvido, o peor aún, la indiferencia por lo que he pasado acabará por sepultarme para siempre?

En la fosa común de los recuerdos, se ha perdido ya el mío. Pero, ¿de quién estaré yo hablando?

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Puedo comprender y hacerme comprender en dieciséis lenguas distintas. Pero la comunicación va más allá de las palabras. Está por encima del lenguaje oral y del escrito y puede prescindir de todo signo convencional. Comunicarse con la mirada, con un gesto, con una postura frente a la vida, resulta a veces más difícil que estar hablando durante horas con diferentes interlocutores. Porque hablar con alguien no es difícil. Lo difícil es comunicarse realmente con ese alguien, aunque hable la misma lengua o utilice las mismas palabras.

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En la isla que me vio nacer, la misma que me enseñó a expresarme, hoy, me siento incomunicado. Ni comprendo realmente a los demás ni ellos me comprenden a mí. No sé lo que es peor. Antaño, en mis tiempos ya lejanos y olvidados de mi otra vida de profeta menor, creo haber vivido esta misma angustiosa situación: no servir ya de intermediario por dudar de Yahvé y de su mensaje. No creer ya en él, ni en mis hermanos, los hombres. Y quedarme estancado en la soledad que, poco a poco, me hunde. Me siento como una isla condenada a desaparecer, tragada por el mar, sin esperanzas de ser apercibida. Tal vez un día un náufrago la descubra. Pero será para morir poco después en ella, abandonado y olvidado de todos.

Soledad disfrazada de palabras: no me he enamorado yo de ti, sino que me han obligado a tomarte. Desde el fondo de mi alma, te odio sin fuerzas.

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Camino con los ojos desencajados. Mi amada ya no me responde y parece alejarse de mí para parir lejos de mi mirada. Hace casi dos meses que hemos cortado toda relación sexual. Ando errante por la calle como un loco, con mi faz, además de arañada, desquiciada. Me ciega una pasión insatisfecha. Yo la quiero pero ella no me desea. Quisiera ser tierno sin llegar a más, pero mis instintos son más fuertes que mis simples deseos. Mi ternura se desborda fácilmente en pasión incontenible. Una pasión que, al no encontrar un recipiente donde guardarla y transformarla en cariño, tiende a desparramarse salvajemente en los senos de cualquier mujer, en un cuerpo desconocido y caliente que quiera perderse por unas horas con el mío. Aunque me resisto a perderme con un ser diferente a mi amada.

Y en ese lapso, sin ella, siento desfallecer, que mi vida no tiene el mismo precio, que todo se me pone insoportable, que nada ni nadie es capaz de devolverme la calma y el sosiego, y que pocas cosas tienen ya el mismo color. ¡Cuándo podremos levantar esas trincheras! ¡Cuándo lograremos comprendernos y amarnos como antes! Guardo recuerdos indescriptibles de su corazón que el velo del recelo pretende ocultarme.

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Al fin llegó el día glorioso en que mi imagen se reprodujo y mi vida se prolongó en otro ser, independientemente del nuestro. Ella ha nacido. Es la reproducción exacta de mi amada, con su carita angelical tan alejada de la mía, pero con la mirada llena y cariñosa que sustituye a la de mi amada. Paz es su nombre y la paz ha vuelto en nuestros corazones. Con ella seguiré caminando hasta el final de mis días. Con ella llegaré hasta mi origen, a través de los siglos. ¡Si lograra superar esta prueba y alguien me respondiera, aunque sólo sea para decirme que ha recibido mi mensaje…!

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