martes, 6 de abril de 2010

Capítulo IV. Paz es su nombre.


Los gobernantes de los países más poderosos de la Tierra lo repiten constantemente.

- Hay que estar precavidos para una autodefensa rápida y certera.

Así justifican el aumento de los gastos militares que, en la mayoría de casos, superan los del empleo y la enseñanza. Pero autodefenderse ¿de qué o de quiénes? “Autodefenderse del enemigo”, contestan sin ninguna duda. Y el enemigo puede ser cualquiera de las fuerzas del mal. Al insistir ¿de qué mal?, replican con la misma fuerza: del que nos amenaza constantemente. Con esta pueril excusa, las grandes potencias no dejan de aumentar las armas nucleares almacenadas a fin de estar preparadas cuando llegue el momento. Con ellas, en un supuesto conflicto mundial, el planeta que habitamos podría explotar no una sino noventinueve veces. Bastaría con que un jefe de Estado poseedor de esta arma apretara el botón de ataque contra su enemigo más peligroso y éste, a la vez y antes de desaparecer, apretara el suyo. De esta manera, con que media docena de países dispuestos a defenderse, atacando a sus enemigos con armas atómicas, convertirían el planeta entero en un cementerio. Diez toneladas de TNT per cápita son más que suficientes para que las viejas teorías de países amigos y enemigos, separados o unidos por fronteras, aduaneros, carabineros y ejércitos, dejaran de tener sentido

Más de diez mil kilogramos de trinitotolueno por persona amenazan al hombre, encerrado en su casa, su ciudad, su cultura y su civilización. Todo está hipotecado por el fantasma de una guerra que, una vez desatada, no dejaría tiempo ni para volverse atrás con una paz consensuada. En menos de treinta minutos, los dos enemigos más potentes se destruirían mutuamente, sin quedar ni vencedores ni vencidos. Quizás por eso seguimos hoy con vida, porque las dos o tres potencias de más peso no pueden pelearse, sino soportarse con resignación y aliarse entre ellas. Y al resto, no le queda más remedio que seguir al pairo o, simplemente, a la sombra o al arbitrio de las más fuertes. Pero ¿y si alguno de los responsables de estas armas dejara de pensar según este razonamiento?

Sé que es una provocación que, como un tumor no perceptible a simple vista pero sí perfectamente diagnosticable, lleva la humanidad consigo. Y un reto contra cada uno de nosotros, que nada tenemos que ver con la decisión final, aunque sí con los resultados de la misma. Pero a mí, el más enano de los mortales, de muy poco me sirve saberlo, si no puedo hacer nada para desmontar ese juego mortal. También los militares lo saben, pero prefieren olvidarlo y distraer a los pueblos con las viejas enemistades de pacotilla.

(Mañana: “Una amenaza constante”).

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