miércoles, 27 de enero de 2010

Ayudante de un cocinero chino.

Mi penúltimo trabajo de esta época fue en una clínica en donde mujeres y hombres ingresaban para cambiar de rostro y de facciones. Si mis otras actividades laborales no me hicieron cambiar de ideas frente al país al que mis pasos me habían encaminado, tampoco lo consiguió esta nueva.

Comenzaba mi jornada a las seis de la mañana, barriendo y fregando todos los rincones de la cocina, en la planta baja, cuyo jefe supremo era un chino. Hasta las enfermeras que bajaban a desayunarse temían al chef chino cuando levantaba sus brazos o su voz y gritaba palabras ininteligibles para ellas. En mi posición de ayudante, mis relaciones con él se limitaban a interpretar correctamente sus gestos y a descifrar sus jeroglíficos verbales de tono subido. Sabía que, para poder comer, tenía que haber limpiado a fondo el suelo y las escaleras, hasta llegar a la recepción. Si me sobraba tiempo, daba brillo a los pasamanos de bronce y dorados, repartidos por todos los pisos de la clínica. O hacía otras labores similares, con tal de no terminar con mi trabajo antes de que todos bajaran a almorzar.

Esta última era la tarea que yo prefería, porque me permitía ver otras caras, sonreír a las enfermeras que pasaban con elegancia y frescura y hasta podía comprobar cómo los clientes que entraban con rostros no especialmente atractivos –no parecidos al mío aunque sí con rasgos desagradables–, salían con otros totalmente recompuestos y embellecidos, que nada tenían que ver con los anteriores. Pero yo sabía que, en el fondo, continuaban siendo los mismos de antes, porque lo que los transformaba no era el cambio de imagen, sino los sentimientos y palabras que brotaban del corazón, y éste seguía siendo el mismo.

Fue en este penúltimo trabajo cuando comprendí que, desaparecidas las arrugas faciales, enderezadas las narices aguiluchas, florecida la calva o rejuvenecidos los cabellos canosos, fortalecidos los músculos o vencida la impotencia sexual, pasara, en fin, lo que pasara, las personas no cambiaban realmente por dentro. Se era lo que cada cual era antes y después de estas operaciones. Y ni todo el dinero del mundo, de este modo gastado, ni la hermosura recuperada en el rostro, ni el poder más ilimitado podían hacer cambiar un corazón ruin. En todo caso, potenciaban las posibilidades para desarrollar las cualidades o vicios –más bien éstos que aquéllas– que cada uno llevaba, disimuladamente escondidos en su alma. Pero antes, durante o después de cualquiera de estos procesos accidentales de la geografía del cuerpo humano, la persona seguía siendo la misma, con sus inclinaciones y defectos congénitos.

Al despedirme de ellos, me pareció que mi jefe, el cocinero chino, sentía de verdad que le dejara. Yo había sido, con creces, la persona que mejor le había comprendido en su culinaria profesión. Mis dotes de lengua se me revelaron entonces. Sorprendente era el que, sin hablar su idioma , en unas semanas lo captara y le comprendiera sin ninguna dificultad. Que, en unos días, adivinara lo que decía el airado cocinero chino cuando se encolerizaba y tradujera al pie de la letra sus exabruptos y palabrotas, era un don que muy pocos podían poseer y que más de uno hubiera pagado una suma astronómica por poseerlo…
(mañana: Descargador de muebles)

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