lunes, 18 de enero de 2010

Cara a cara con el viento.

Le he pedido al cerrajero que me hiciera dos llaves: una, pequeña, para abrir mi sotabanco y la otra, muy grande, para encerrar al viento que cierra las puertas. Con la pequeña, he intentado abrir mi tabuco. Aunque, al no entrar en la cerradura, he descubierto que no estaba cerrada, sino atascada por el soplo del viento que se había introducido por el ojo de buey del pasillo, abierto por alguien. En el interior, todo permanecía en su sitio, como antes: la cama, seguía estando cerca de mi ventana; la ventana, no lejos de mi armario; el armario, al lado de mi mesa; ésta, frente a mi grifo; el grifo, sobre la gota de agua retratada; y la gota, en mi espejo reflejada, junto y mi enana figura.

Después de tanto esfuerzo, me encontraba cansado, pero ello no ha impedido el que me diera cuenta de que el polvo cubría mi espejo, mi grifo cerrado, mi mesilla coja, mi armario empotrado, mi cama de muelles… Hasta mi gota colgada tenía motas de polvo. Pero todo estaba en orden, como dicen los gendarmes, y mi alma en paz, como rematan los curas y los pastores, aunque el polvo, traído sin duda por el viento, flotaba en el ambiente.

No quería dormirme sin antes hablar con él. Pero el sueño y el cansancio me embargaban...

Grande como un gigante, ancho como un mar, arisco, impetuoso y dulce a la vez, el viento, en lo alto del cielo, me ha mirado un momento por el rabillo del ojo. Le he advertido, encolerizado, mientras le mostraba la llave grande:

- Vengo a encerrarte.

Un largo silencio se ha hecho entre él y yo, durante el cual he oído perfectamente su respiración, pausada y calmada. En vista de que no mostraba ninguna resistencia, he añadido, menos airado:

- No quiero que vuelvas a obstruir mi paso.

Después de haber suspirado ligeramente, me ha preguntado:

‑ ¿Quién te ha abierto la puerta que yo cerré?
- Tuve que acudir al cerrajero –le he contestado- para que me hiciera dos llaves: una, para abrir mi puerta; la otra, para encerrarte .

Entonces, me ha dicho con lógica resignación:

‑ Yo soplo para dar trabajo al cerrajero.

Y me ha susurrado que ambos se hacían imprescindibles en la vida: él, para cerrar las puertas abiertas y el cerrajero, para abrirlas. Ambos se complementaban y ambos se necesitaban. Eran, de esta forma, cómplices. Perdido ante esta insólita explicación, el viento me ha lanzado un leve soplido, mientras añadía:

- Aparte del cerrajero, hay otros hombres que viven de mí. Muchas amas de casa me utilizan para secar sus ropas recién lavadas. Cuando llueve, yo escurro la hierba y oreo los campos. Gracias a mis soplidos, muevo los barcos de vela y los molinos de los campesinos sacan el agua de los pozos. Aunque otros, como tú, pretenden ignorarme y prescindir de mí. Pero, en caso de apuros, no dudo que vendrías a suplicarme una ayuda.

- No pido tu ayuda –le he espetado, saltando hasta llegar frente a él–. Sólo vengo a encerrarte.

Sin embargo, mis palabras no han provocado ninguna reacción. El viento, que seguía calmado y sin inmutarse, ha entornado sus ojos hacia la tierra y me ha contestado, en voz muy baja, apenas audible:

- Si tú me encierras, tu cerrajero y muchas otras gentes pueden quedarse sin trabajo.

Incapaz de resolver este nuevo problema, estaba furioso conmigo mismo. Una simple puerta cerrada me había creado inimaginables complicaciones. ¡Vivía tan tranquilo en mi zaquizamí siempre abierto! Y comenzaba a arrepentirme de no haberlo cerrado antes. Aunque, después de todo, tenía derecho, como todo el mundo ¿Qué podía hacer? Si le dejaba libre, me sometía a sus arbitrarios impulsos. Si le encerraba, los cerrajeros y otras muchas gentes que dependían de él podían perder su trabajo. Exasperado, le he gritado:

‑ Pero ¿por qué te empeñas en cerrar mi puerta?
- Obedezco, simplemente, a mis impulsos –se ha limitado a contestarme, mientras una nube ensombrecía su faz y ocultaba por unos segundos su figura.

Revolcado en su inmensa cama celeste, capaz de envolverse en sus sábanas o de desprenderse de ellas en un soplo inocente, el viento a apartado el nubarrón y me ha soltado un discurso impecablemente concebido:

- Yo sigo los cauces naturales. En primavera o verano, si se me antoja retirar una nube, con un simple movimiento de mis labios, la hago desaparecer. O puedo permanecer eclipsado, como si no existiera. Al llegar el otoño, soplo sobre los árboles y los dejo desnudos. Y, durante el invierno, puedo ensañarme y soplar con todas mis fuerzas sobre alguna región hasta devastarla. Todo es cuestión de seguir el impulso de la naturaleza. ¿Por qué te empeñas en luchar contra la misma?

- Pero, ¿quién mueve tus impulsos? –le he preguntado, cada vez más intrigado por sus impecables razonamientos.

Antes de que pudiera oír su respuesta, una luna gigantesca se había apoderado del cielo estrellado y el viento, alarmado por su majestuoso resplandor, ya había desaparecido.

He seguido subiendo hasta el último peldaño celeste, pero, en una calma cada vez más extendida, se había esfumado. Quería seguir hablando con él, hacerle otras preguntas, plantearle otros interrogantes. Pero mis gritos se han perdido en el horizonte. Ni rastro de él en todo el firmamento. Desde lo alto, y antes de descender a la tierra, he lanzado al fondo del Sena mi gran llave que llevaba para encerrarle. Evidentemente, el viento era libre. Y yo seguía sin saber dónde hallar a quien mandaba sobre él. Me pareció que, aunque lo hubiera estado buscado durante siglos por toda la tierra, los mares y el universo, no hubiera sido capaz de encontrado. Tras sus únicas respuestas, cortas e ingenuas, se había eclipsado. Así que, cansado, agotado y confuso, sin comprender nada de lo que me estaba sucediendo, he llegado a la conclusión de que el viento, con una ingenuidad que rayaba con su cinismo, se había burlado de mí, dándome el esquinazo.

(Mañana: el perro del barbudo inadaptado).

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