
Entre estación y estación, en una semipenumbra que explotaba ruidosamente cada vez que el metro aparecía, memorizaba los vistosos anuncios gigantescos que desprendían, a ultranza, color y felicidad: coches último modelo, abrigos de visón, medias de terciopelo, quesos de las mejores marcas, vinos de mil sabores, películas que había que ver, libros que se debían comprar...
De pronto, el gusano de hierro articulado se paraba, tras echar un soplido desganado, y se llenaba ciegamente de gente presurosa. Con el vientre hinchado, reemprendía la marcha y se lanzaba a una corta y loca carrera, lamiendo y tragando kilómetros de raíles, y renovando en cada estación una carga apretujada. Hasta que, harto de deambular como un sonámbulo, busqué el gran agujero que me liberara de esta pesadilla. A la izquierda o a la derecha, por las escaleras y pasillos rodantes, por la de peldaños fijos o por los ascensores, encontré, al fin, la puerta que me devolvía al mundo exterior. Y salí, decidido, en la estación Pigalle.
El anochecer me sorprendió entre luces de neón multicolor. Andaba con mis pupilas fascinadas en busca de pequeños y grandes mundos de fantasía tras cada pancarta y anuncio luminoso. Bonitas y centelleantes mentiras cuyas migajas alimentaban fugazmente a mendigos y a vagabundos con estómagos vacíos. Toda la ciudad estaba inundada de esta clase de artículos de lujo, visualmente comestibles o masticables, envueltos en luces fluorescentes. No lejos de mi provisional morada, hombres hambrientos de sexo y erotismo curioseaban ante mujeres públicas que se habían apropiado de la acera y ofrecían sus carnes a la clientela, invitando abiertamente al trueque de sus concupiscentes cuerpos por unos francos, como viejas profesionales que eran del oficio más antiguo del mundo.
- Si te vienes conmigo –me insinuó una de ellas con su cigarrillo a flor de labios, acostumbrada a mantener una breve conversación con cada posible cliente que pasaba por su lado–, no te arrepentirás. Por un rato inolvidable de placer te haré olvidar de todo.
Había amainado el paso y esperaba un gesto cualquiera de su corazón de meretriz. Para aclarar cualquier malentendido, saqué los forros de mis bolsillos mientras que mi máscara, que no paraba de sonreír, caía de bruces y yo dejaba mi rostro al descubierto.
‑ Pero si es realmente un meteco –exclamó mientras me observaba de cerca–. Y, además, feo y sin blanca.
Y se dio media vuelta, alejándose de mi figura desenmascarada. La tentación de la noche había pasado por mi lado y dejado en mis ojos unas sombras huidizas, invadidas intermitentemente por el neón que acababa de prender en mi corazón. Tampoco ellas hablaban mi lenguaje, ni pretendían comprenderme.
(Mañana: La gran feria de las palabras)
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