viernes, 29 de enero de 2010

La sonrisa de una ciega.


Al anochecer, tumbado sobre mi cama, intenté recobrar el aliento, sin haber tenido ni fuerzas ni humor para cenar algo. Fue ese día cuando recibí una inesperada visita de la propietaria de mi cuchitril. Era una señora bondadosa y severa a la vez, que inspiraba cierta confianza y respeto. Me recordaba a mi madre, tan fría y distante, por un lado, y tierna y cálida, por el otro. Llevaba dos meses de retraso en el alquiler de aquel sotabanco y la señora, que venía acompañada de su hija, una preciosa muchacha que, curiosamente, no me quitaba los ojos de encima, vino a reclamarme los atrasos. Le pagué las cuatro últimas semanas y le dije, una vez más, que no tenía el dinero suficiente para ponerme totalmente al día, pero que, en cuanto encontrara un trabajo más estable que me permitiera solventar mi caótica situación económica, pensaba saldar mi deuda con ella.

Le hablé bien, con las palabras correctas que hacían falta en aquel momento. Y tan buena sensación le causé que expresó su sorpresa por mi habilidad en dominar su lengua. Me dijo, incluso, que le parecía increíble que, en unos meses de estancia en su país, hubiera conseguido hablar correctamente. Entonces, casi de imprevisto, vino a mi mente la idea de aprovecharme de mi don de lenguas para salir de apuros, y, sin más rodeos, le pregunté si no le interesaba aprender a hablar mi idioma natal o dos o tres más que guardaba en mi bolsa de viajero incansable. A ella le pareció bien. No para ella, que a su edad ya no lo iba a necesitar, sino para su hija, que lo estaba estudiando en el colegio. Y así concertamos que, en adelante, no le iba a pagar más alquiler, sino que, a cambio, iba a enseñar a hablar en mi idioma a su hija, la cual me esperaría, eso sí, cada tarde, de seis a siete, en su casa, un piso más abajo.

Luego comprendí el motivo por el cual creía que ella no dejaba de mirarme mientras sonreía. En realidad, no me estaba observando porque no podía hacerlo con sus ojos de ciega, sino que dirigía su cara hacia mí para escucharme mejor. Aunque no conocía los rasgos rugosos de mi cara, sí se imaginaba cómo era yo por la manera de expresarme. Y su sonrisa, dibujada en sus labios, suplía su mirada ausente.

Ese fue mi primer trabajo realizado con sumo placer y sin temor a que me echaran. Le había caído bien a aquella señora, a la que había acudido igualmente por recomendación de la monja del Servicio de Extranjeros. Y, por una vez, pensé que su trabajo no era tan nefasto como me había parecido al principio.

Esa misma noche, dormí de un tirón hasta el mediodía del día siguiente.

(Próximo martes: Mi memoria, entre tinieblas)

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