miércoles, 20 de enero de 2010

Mi vecino de piso.

A menudo, apoyada mi frente contra el cristal del orificio del pasillo, que tiembla cuando el viento arrecia, y descansada mi mirada sobre los tejados mojados que me rodean, paso largas horas contemplando el paisaje. Cuando deja de llover, flota un aire húmedo sobre los edificios que parecen apretujarse unos contra otros para mejor protegerse del frío.

Uno de esos días en que el mundo parecía desmoronarse, observaba yo las gotas que se deslizan por los cristales cuando apareció mi vecino de piso: un anciano que subía con grandes dificultades los últimos peldaños de la escalera que le conducen a su aposento. Al llegar, me saludó y depositó lo que llevaba en brazos sobre una pequeña alfombra que tenía instalada delante de su puerta, casi siempre cerrada, al contrario que la mía, habitualmente abierta. Era un paquetito blanco, unos zapatos marrones y un paraguas negro. Y se había quedado inmóvil como una estatua ante su puerta.

No acertaba yo el motivo de la quietud de mi vecino cuando, de pronto, oí cómo rompía a llorar desesperadamente. Los cristales del ventanuco del pasillo tenían en aquel momento menos chorrillos que los que le caían por sus mejillas arrugadas. Como no parecía tener la intención de moverse y yo ya comenzaba a impacientarme ante tanta lágrima, me acerqué a él sin hacer ruido.

- ¿Puedo ayudarle en algo? –le pregunté, intrigado.

Él me miró con sus ojos inundados de lágrimas. Y, con cierto aire ausente, me respondió, con un extraño acento y una voz un tanto desarticulada:

- ¡Ah, hijo mío! Es que no puedo entrar en mi casa.

Luego, al ver que nada podía temer de un enano meteco como yo, me explicó que él también era meteco, pese a llevar más de treinta años en este país. Procedía de Polonia y pasaba por un mal momento porque, además de su llave, había perdido, unas semanas antes, a su único hijo y, con él, toda su esperanza. Me dijo que refugiarse en su casa era lo último que le quedaba en esta vida, pero que, al extraviar su llave, también se había frustrado su esperanza de seguir viviendo.

- Antes –me repetía una y otra vez–, al menos, tenía a mi hijo que, de vez en cuando, me escribía una postal. Pero, desde que muriera en accidente, ya no me queda apenas nada en esta vida. Y, para colmo, voy y pierdo mi llave, y ya ni siquiera puedo entrar en donde vivo...

Sin dudarlo un momento, he cogido la mía y se la he prestado. Afortunadamente, no se me había ocurrido echarla, como la del viento, al fondo del Sena. Pero, cuando he visto que seguía sin moverse, le he vuelto a preguntar.

- ¿No quiere usted probar con ella, señor vecino?

Entonces, como si acabara de explotar una nueva tormenta, ha llorado de nuevo mientras levantaba sus manos al cielo.

- Mire mis manos, hijo mío. Están tan mojadas de la lluvia y tan gastadas que ya no puedo utilizarlas. ¿Podría pedirle que lo haga por mí?

Afortunadamente, y recordando lo ocurrido con mi puerta, la suya estaba también atascada y no precisaba de llaves, sino de un empujoncito. Cuando, al fin, mi vecino ha entrado, después de darme las gracias, ha introducido su paquetito blanco, sus zapatos marrones y su paraguas negro. Y yo he descendido hasta la calle y me he paseado un rato bajo la lluvia.

Entonces he comprendido que no había sido una desgracia encontrar mi puerta cerrada por el viento, puesto que el cerrajero me había hecho una llave que había servido de pretexto para hablar con un vecino con el que apenas coincidía. Pero cuando, al cabo de un rato, he vuelto a subir, me he encontrado con una desagradable sorpresa. Sobre mi mesa coja, una nota con grandes y desiguales rasgos. Era de mi vecino que me agradecía el que le hubiera abierto su puerta. Y añadía: "No lo tome a mal, pero, desde ahora, serán los otros los que precisen de puertas. Yo ya no las necesito”.

En un ciego arrebato de desesperación, mi vecino se había lazado por la ventana a la calle, mientras yo subía las escaleras contento, con la cabeza repleta de falsas esperanzas. Y había muerto en el acto.
Mañana: Los "sans papiers".

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