lunes, 25 de enero de 2010

Las mil caras del mundo laboral.


Obligado por las circunstancias y sujeto a mi condición de meteco, en los últimos meses cambié una quincena de veces de trabajo, unos peores que otros, conociendo las mil caras del mundo laboral. Hice de basurero, revolcándome cada noche en la boca‑ano de un camión que recogía desperdicios del distrito dieciséis; de limpia‑cristalero, colgado de un delgado cable que se deslizaba verticalmente por las fachadas acristaladas de edificios de hasta treinta pisos; de deshollinador de chimeneas de aristócratas decadentes y medio arruinados; de vendedor de periódicos, anunciando a grito pelado el nombre de la publicación, atestada de desgracias y acontecimientos del momento; de auxiliar de limpiabotas, lamiéndole el culo al que lamía las suelas de la gente mediocre que buscaba brillo a sus zapatos porque les faltaba en sus ideas; de pega‑carteles, contratado por una academia de baile moderno; de hombre‑sandwich, andando por las calles con el estómago más vacío que los bolsillos; de vigilante nocturno, en un cementerio de coches; en una relojería, recogiendo las horas muertas y apretadas, para luego revenderlas como artículos de lujo; en una droguería, amontonando jabones especiales para políticos y gente de influencia; en una tienda de antigüedades, haciendo de maniquí para gente rica y maniática, y, en una estación de ferrocarril, cargando el carbón en las locomotoras que salían echando bufidos y nubes de humo negro.

(Mañana: Amantes por horas)

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