lunes, 11 de enero de 2010

Las máscaras.

En medio de mi calle, Rue des Abesses, cuyo nombre luce en una placa azulada fijada en una esquina, junto al comercio de un carnicero que siempre tiene patas de cerdo en primera fila de su escaparate –al parecer, los mostradores comerciales suelen siempre reflejar la personalidad de sus propietarios–, hay una tienda de máscaras, con sonrisas falsas asomando por sus bocas, entreabiertas. Sus ojos, huecos, miran desde el interior con toda la indiferencia de la que son capaces. Cuelgan sus mejillas sonrosadas en una pared pintarrajeada de oscuro y toda la vergüenza de la ciudad parece agolparse en ellas.

Era el mediodía justo cuando pasé frente a esta tienda, convencido de que nadie estaba dispuesto a representar un papel distinto al que le toca a cada cual. Una seriedad monótona y vulgar lucía a lo largo y ancho de la calle. Incluso la mujer que atendía a los clientes interesados por las máscaras –supongo que, por estar más pendiente de quienes la visitaban que de las máscaras expuestas que la acompañaban– hacía esfuerzos por desembarazarse del aire supuestamente gracioso que la rodeaba y del contagioso cachondeo que emanaba de aquellas mascarillas colgadas. Y, cuando, decidido, le he señalado sin titubeo “ésta” –una mascarilla de niño inquieto y revoltoso–, no ha movido ni un músculo de su cara y la ha descolgado con la misma rutina con que los aduaneros tamponan los papeles fronterizos.

Con la careta puesta y disfrazado de niño travieso y terrible, he salido de nuevo a la calle, procurando ocultar mi horrible cara que en realidad tenía, así como mi aire de despistado y asustado meteco. Hacía frío y nadie se volvió para observarme mientras caminaba con la rapidez con la que se desplaza un saltimbanqui o un pícaro saltarín, pillo y bribón donde los haya.

(Continuará: Pigalle)

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