
Con todo este tinglado policial montado no hay quien resista. Y los metecos como yo o terminan por desertar, volviendo a la frontera, o se echan por la ventana, como mi vecino. Tampoco faltan los reclusos inmigrantes. Dicen que la mitad de la población carcelaria lo es. Para las autoridades policiales es más cómodo dejar que se pudran entre cuatro paredes que arriesgarse a que vivan incontrolados. Y hasta han pensado en la sustitución de llaves por puertas automáticas, de las que, una vez cerradas, ya no se vuelven a abrir por dentro. Este país es una maravilla en esas técnicas. Se ha sofisticado tanto que pronto no precisará de mano de obra extrajera. Las máquinas sustituirán a los metecos.
Ahora que su cuerpo descansa definitivamente bajo tierra y que la Policía, no deja de hacerme preguntas y de vigilarme, me gustaría saber exactamente quien era él, mi vecino. Varios meses viviendo a su lado, separado por un débil tabique que dejaba pasar su tos y sus ronquidos y yo sin saber apenas nada de él. Claro que él tampoco sabía demasiado de mí. ¿Cómo iba a saberlo si apenas habíamos hablado? Pero si, realmente, estábamos en idéntica situación de aislamiento e incomunicación, ¿cómo es posible no habernos encontrado antes para compartir nuestras necesidades comunes? Claro que, a juzgar por las postales que el cartero le dejaba de vez en cuando en la entrada del portal, no debía hallarse tan solo. Ninguna de ellas llevaba casi texto. Sólo el lugar desde donde habían sido mandadas y la expresión: “Besos de tu hijo”. Nada más. Un hijo que, desde hacía tres o cuatro semanas, había sufrido un grave accidente que le provocó la muerte.
(Mañana: La loquería)
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