miércoles, 13 de enero de 2010

La feria de las palabras


A menudo, observo cómo se inventan palabras vacías de sentido y de contenido, “des mots” que nacen muertas en la punta de la lengua y que algunos pretenden dominar a base de oratoria. Palabras sopladas al oído, enzarzadas en las telarañas de la elocuencia y preparadas para el arte de disertar, tan puesto de moda en ésta como en otras sociedades.

Por mi parte, yo prefiero el silencio. Y, mientras no cesa el palabreo, prefiero que hablen ellos, los predicadores, los literatos, los políticos, que tienen siempre tanto que decir a sus oyentes, lectores‑electores. Ponen cara de convicción en la pequeña pantalla. Se arropan con toda la persuasión de la que son capaces de armarse para soltar “cuatro verdades como un puño”. Para ello, gritan con fuerza, convencidos de que su discurso atrapará a sus pobres víctimas. Enronquecen. Ponen a prueba sus gargantas. Se encolerizan. Levantan las manos y puños al cielo. Mas no seré yo quien me acerque a sus discursos y pique a su anzuelo, sostenido por sus palabras‑corcho que flotan sobre las olas.

Cálidas palabras de predicadores para los días de miedo y de cuaresma. Ambivalentes vocablos políticos de orden, paz y progreso. Bien matizados y lógicos pensamientos expresados estilísticamente por la palabra escrita. La que intenta construir mundos apartes, encerrados en páginas impresas. Circunstanciales y siempre oportunos términos en manos de políticos que defienden unas leyes hechas a su medida. Pulcras y grandilocuentes palabras, estéticas, esbeltas y sórdidas, ridículas y altaneras... La colección es larga y difícil de completar. Todo puede servir en este mercadillo de la palabrería de ocasión de la que cada cual se lleva lo que precisa.

Desde un sombrío rincón de esta gran feria de las palabras, la mía se ha extraviado o me la han quitado de las manos. Y cuando logro reencontrarla, me cuesta reconocerla. Esta no es mi palabra, señores. Estos son los restos de excrementos de un mundo corrompido que se alimenta de palabras muertas, vacías y sin sentido.

No, yo ya no tengo nada que decir. Por eso me vuelvo a mi tabuco. Allí me espera un cuaderno en donde enterraré el resto de mi discurso.

(Mañana: Una gota en el aire)

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