
Pese a mi rostro desagradable y a mi escasa altura, mi habilidad lingüística fue totalmente reconocida cuando, en unas horas de duro trabajo con un chófer y dos mozos que descargaban muebles, terminé utilizando los mismos tacos, palabrotas y giros verbales que mis compañeros. Ellos, en su jerga laboral, no dejaron perder ocasión alguna de recodarse religiosamente en los mostradores de los garitos que encontraban a su paso. De esta manera, refrescaban sus gargantas, retomaban fuerzas y alegraban el espíritu, agobiado de tanto mueble descargado, convertido en peso muerto.
Llegó a ser tal la alegría de mis compañeros que, aquel día, terminaron por hacerse un nudo en la lengua con tanto bajar y subir tacos con los muebles y subir y bajar muebles con los tacos. Nudo que intentaban desatascar tantas veces como visitábamos un nuevo “bistrot”, tasca que aliviaba nuestro peso y responsabilidad mercantil.
Realmente, aquel fue el día en que más cansado me encontré en ese país extranjero, alto en su consideración de país libre, y cercano, a la vez, de la miseria y condición humana.
(Mañana: La sonrisa de una ciega)
Llegó a ser tal la alegría de mis compañeros que, aquel día, terminaron por hacerse un nudo en la lengua con tanto bajar y subir tacos con los muebles y subir y bajar muebles con los tacos. Nudo que intentaban desatascar tantas veces como visitábamos un nuevo “bistrot”, tasca que aliviaba nuestro peso y responsabilidad mercantil.
Realmente, aquel fue el día en que más cansado me encontré en ese país extranjero, alto en su consideración de país libre, y cercano, a la vez, de la miseria y condición humana.
(Mañana: La sonrisa de una ciega)
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