miércoles, 31 de marzo de 2010

Capítulo III. De retorno a mi isla. (Recapitulación)


De mi antiguo pueblo no he encontrado piedra sobre piedra. Todo ha sido cambiado, vendido, transformado por el nuevo colono al que ahora llaman inversor, nuevo conquistador, turista... Los aborígenes han sido destruidos, aplastados, borrados. El indígena ha vendido sus tierras, su lengua, su conciencia, sus costas y sus playas, sus creencias y sus lugares comunes, sus raíces y su historia. El forastero se ha hecho con todo y todo está ahora supeditado al interés del colono, que ha impuesto sus costumbres, sus nombres y hasta su idioma. La misma crónica de mi isla ha sido tergiversada y se han perdido las raíces de la historia de mi pueblo. Ya no se reivindican sus fuentes sino su entroncamiento con los invasores, como si éstos fueran los salvadores y verdaderos protagonistas de la historia. En estas condiciones, me va a resultar muy difícil encontrar mi identidad perdida.

Mi primera impresión fue nefasta. He pasado tres días y tres noches postrado, acechado por fiebres altas y sudores extraños. En ciertos momentos, he llegado incluso a perder el contacto con la vida, luchando a brazo partido con la muerte que ha venido a mi encuentro sin haber cambiado nada de su terrible aspecto. Ella ha sido el único personaje que he reconocido tal como era cuando dejé mi isla para iniciar mi largo exilio.

Pero mi hora no había sonado todavía y, afortunadamente, la he vencido de nuevo, recobrando el sabor de la vida. He visto surgir el sol de las aguas, tal como lo veía en mi remota infancia; he oído el gorgojeo de los pájaros; he gustado el sabor salado del mar que nos rodea, cuyas olas nunca se cansan de ir y de venir; me he dejado impregnar por el olor del barro con que mis antepasados hacían sus vasijas, y me he frotado la espalda contra un ángulo puntiagudo de las murallas, levantadas sobre las antiguas que rodean la ciudad.

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Pasados los días de crisis, la vida se me ha antojado como una espada sin empuñadura en las manos de un niño. He pensado en luchar con ella, deshaciendo entuertos; en jugar a grandes o pequeñas aventuras; en guardarla y enfundarla, como un recuerdo demasiado peligroso. Pero, al final, no he sabido cómo cogerla para que no me lastimara con su filo y he preferido resignarme y aceptarla sólo con mi imaginación, como acepto las arrugas que no disimulan la edad. Tal como están las cosas, no puedo permitirme el lujo de perder más tiempo pensando en lo que voy a hacer con ella. Demasiado tarde para ello. De todas formas, tengo la impresión de que mi vida, llena de enigmas, pesa ahora más que mis propios pensamientos y que todo lo que pudiera escribir sobre ella.

Después de haberme sumergido en las aguas del anonimato, surjo de nuevo para comenzar de cero. Y me he vuelto a frotar la espalda contra el ángulo puntiagudo de las murallas. Sé que, cuando me decida a expresar lo que pienso y conozco, se va a terminar mi reposo. Todos me invadirán de nuevo y me acusarán de perjurio y de haber perdido el juicio. Me descuartizarán, querrán devorarme las entrañas Ordenarán examinarme las estrías del cerebro, los compartimentos del corazón, los testículos y la punta de mi lengua. Pero no encontrarán nada subversivo porque lo habré guardado todo en un lugar secreto, esperando el momento oportuno y decisivo para sacarlo a la luz.

Una televisión alienadora que llega de fuera, como si fuera el cordón umbilical que une la colonia a la metrópolis, una radio, sin fuerza ni imaginación creadora, unos espectáculos que más que distraer, aburren al personal, y unos libros, periódicos y revistas que no cuestionan ni la Historia ni la fuerza del supuesto progreso, me dejan, al cabo de cada jornada, la engañosa impresión de que han logrado burlar al personaje que llevo dentro. Pero yo sé que él sigue ahí, escondido en mi interior, agazapado, esperando el momento más oportuno para lanzarse al ataque.

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Sólo y sin ayuda de nadie, ¿podré encontrar mi propia conciencia e identidad diluida en las aguas del puerto? Riela la luna en el mar y, de vez en cuando, me miro en la contaminada bahía, invadida por buques de pasajeros, de mercancías o por algún barco de guerra. Intento encontrar en su superficie el reflejo de alguno de mis gestos. Pero, entre ellos, no logro divisar ni el parpadeo de mis ojos, ni el desafío que asoma en mi mirada, bajo el bosque salvaje de mis cabellos enredados y mi barba profana que oculta mi vergonzosa tez.

Luego, ya en casa, erguido ante la presencia de mi amada, desnuda en la cama, intento disimular la pesadez de mi vientre, hinchado de agua y de vacío, mientras la excitación de mi sexo provoca un murmullo de palabras que brotan de mi boca, buscando la suya bajo la noche estrellada de mi isla. Y me pregunto si, tras ella, lograré un día encontrar lo que busco.

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Después de todo, encontrarse es lo de menos –me susurra mi amada, que no puede soportar que me sienta, de esta forma, tan deprimido–. Lo importante es aceptarse tal como uno es.

Aceptarse, abofetearse, despreciarse, escupirse, limosnearse, gritarse, esperarse en la esquina de la calle para sorprenderse, desesperarse, reírse y apiadarse de uno mismo, perdonarse, morirse y resucitar de nuevo por los siglos de los siglos: ese debe de ser ahora mi sino.

Desde que el mundo tiene conciencia de sí mismo, admitiéndose como hijo de perra que es de un universo desconocido, el hombre no hace más que intentar comunicarse con el hombre. Algunos filósofos aseguran que se trata de un animal sociable. Pero ese animal no deja de acechar a su misma sombra y todavía no se ha atrevido a enfrentarse consigo mismo. El hombre sigue siendo el lobo del hombre y la soledad, su inseparable compañera.

Hay quien dice que el escritor no se resigna a la soledad. Si esta definición es cierta, yo nunca seré escritor. Porque pienso resignarme a ella. Quiero encontrarla, violarla, embarazarla y celebrar luego nupcias con ella. Será una boda extraña, exótica y salvaje en la que no habrá más testigos que mis pensamientos y mis palabras escritas en la arena, que las olas borrarán al instante.

Nadie sabrá de nosotros. No habrá novela, ni artículo, ni reportaje, ni documental que recuerde este extraño maridaje. Y ni siquiera nuestros hijos se acordarán de nosotros. Nacerán sin memoria y se morirán sin haber conocido a sus antepasados.

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Esta mañana he ido en busca de mi identidad oficial. Al llegar a mi isla, los aduaneros me habían advertido, viendo mis papeles, que, en caso de vivir en ella, necesitaba de un certificado de residencia oficial para cualquier trámite. Mi carnet de identidad y otros papeles habían caducado. Razón por la cual empezaron por advertirme con una multa simbólica. Era el primer aviso de que ya nada sería como antes. Y mi primera impresión de que, incluso en mi isla, me sentiría tan extranjero como en el país que acabo de dejar por ella.

He llegado a una vieja oficina en la que habían colocado un cartel que decía: “Documento Nacional de Identidad”. En la ventanilla de información, la cola de quienes esperábamos que llegara nuestro turno llegaba hasta la calle. El funcionario de guardia que atendía parecía estar prisionero entre montones de fichas iluminadas por una tibia luz, pero, a juzgar por el tono de su voz y por sus modales de pequeño taifa, he comprendido enseguida que, en todo caso, los prisioneros éramos los del otro lado de la ventanilla que aguardábamos nuestro turno. En cualquier caso para poder tramitar cualquier documento, nosotros necesitábamos de él, y no él de nosotros.

Al cabo de diez minutos en los que se ha fumado un cigarrillo, ha consultado unas fichas y ha soportado con evidente malhumor a un señor calvo que, además, estaba medio sordo, le ha tocado el turno a una mujer joven, con pantalones ceñidos a un cuerpo macizo. La cara de nuestro funcionario ha cambiado repentinamente. La sonrisa se ha dibujado en sus labios y le ha hablado con especial atención. De pronto, las prisas parecían haberle desaparecido. La ha atendido mientras echaba varias bocanadas de humo y los rasgos desagradables de su cara se le han suavizado hasta lo increíble. Durante un largo rato, más que un burócrata cualquiera, parecía un galán arrullando a su manera a la doncella, mientras la cola seguía creciendo. No parecía que aquel agente tuviera ninguna prisa. Y, mientras la joven se alejaba, asombrada por la amabilidad del sujeto, éste la ha seguido con su mirada como si sus ojos la estuviesen desnudando. Luego, con el siguiente, su cara ha vuelto a recuperar su habitual expresión de funcionario hastiado, renovando sus gestos de premura.

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Veinte minutos más tarde, delante de mí, la fila era más corta pero, por detrás, se había alargado hasta llegar a la esquina de la calle. Algunos sacaron unos bocadillos que llevaban preparados para el caso y otros, armados de paciencia, adoptaban posturas cómodas, presintiendo que aquello tanto podía durar diez minutos, diez horas como diez días. El perro de mi vecino de fila bostezó, abriendo descaradamente sus fauces, y se ha tumbado en el suelo. Un funcionario de policía pasó ante él y le advirtió al amo del animal que “aquí no se admiten ni perros ni delincuentes”. Otros tenían aire de asqueados, menos por la presencia de aquel animal que por tener que soportar diariamente aquella especia de chusma que le sacaba de sus casillas.

Para ellos, cada uno de nosotros era, mientras no se demostrara lo contrario, un posible sospechoso. Ellos tenían la obligación de descubrir hasta qué punto sus sospechas eran justificadas. De ahí que nos miraran tan despectivamente y nos obligaran a aguardar pacientemente en una larga cola que sondeaban de vez en cuando, intentando conocer cuantos datos personales pudieran darles una pista.

Cuando cualquiera de la fila llegaba a la ventanilla, a nadie se le ocurría inquirir al funcionario y preguntarle cómo se llamaba, cuántos años tenía, cuál era su verdadera profesión, su estado y cosas por el estilo. Al contrario, eran los agentes que atendían quienes sí lo preguntaban y hasta debían de encontrarlo normal. Además, cada uno de los posibles sospechosos atendido, sacaba dócilmente unas monedas del bolsillo para pagar los impresos, a pesar de que, en letra menudilla, éstos advertían del “importe voluntario”. Y nadie, a lo largo de décadas, se había atrevido a protestar. Si alguien se negaba a contestar u oponía el menor reparo, lo más probable es que se quedara sin impreso y sin carnet de identidad, pieza, por otra parte, indispensable no sólo para acceder a cualquier puesto, trabajo o estudio, sino para que las sospechas de los funcionarios y policías sobre el ciudadano no recayeran con más fundamento sobre lo que podía uno llegar a ser: un indocumentado.

Si esto ocurría, podía suceder cualquier cosa, desde convertirse uno en responsable de varios delitos –el primero de ellos, no acreditar las señas de identidad–, hasta ser retirado de la circulación por ser considerado un peligro público. La cárcel, en todo caso, era el lugar apropiado para pasar horas, meses, años o siglos mientras que todo se aclarase, si es que todo alguna vez se aclaraba.

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Al fin, llegó mi turno. Estaba cansado y harto de esperar. Así que, nada más preguntarme por mi profesión, le he respondido, sin pestañear, mientras me ponía de puntillas sobre un taburete que siempre llevo conmigo para llegar a las ventanillas de cualquier administración:

- Todas y ninguna, según cómo se mire.

El funcionario me ha contestado, un tanto molesto:

Concrete usted un poco más y dígame su primera profesión, la más importante.

Entonces he recordado de mi pasado y he optado por decirle al funcionario la verdad.

- He ejercido de profeta. Eso es. Fui, sobre todo, un profeta.

Su asombro inicial se ha convertido enseguida en indignación a medida que le he repetía muy despacio:

- Profeta. He sido un profeta menor hasta que tuve que marchar de mi isla. Usted perdone si le cuesta creerme, pero, en mis orígenes, no tuve otra profesión, que yo recuerde, aunque entonces no era considerada una profesión propiamente dicha, sino una vocación especial.

- En este caso –me ha gritado sin poder contener más su corta paciencia de funcionario que no consentía que nadie se burlase de él–, traiga usted un certificado de su patrón, conforme ha practicado la profecía, firmado y sellado por él, con dos pólizas de ochenta céntimos. Y consiga de la Delegación del Ministerio de Trabajo que su título le sea reconocido y homologado. Luego, vuelva aquí, y terminaremos de tramitar su caso. ¡El siguiente, por favor!

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Una funcionaria de la Delegación del Ministerio de Trabajo me ha contestado que el oficio de profeta ya no existe. Que se extinguió hace varios siglos. Pero ha reconocido que, en la antigüedad, funcionó y que, efectivamente, hubo profetas mayores y menores.

- De todas maneras –me contestó–. Mejor que no siga perdiendo el tiempo con esta vieja historia porque no va a sacar nada en limpio.

Instalada en el corazón del hombre, la burocracia se ha apoderado de él de tal forma que luchar contra ella resulta un suicidio. Está bien, me rindo. Les seguiré su juego como lo seguí en el país de donde vengo. Ellos se lo pierden.

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Desengañado con este primer fracaso, he vuelto a mi casa cuya puerta he encontrado cerrada. Me pareció que había una llave en la cerradura, metida por la parte de dentro, por lo que pensé que alguien se había encerrado. Pero, tras haber golpeado fuertemente con mis puños, he llegado a la conclusión de que no había nadie en el interior. Mi amada había salido y pensó que era más prudente cerrarla. La puerta se resistió a varios de mis empujones. Agotados los recursos puestos a mi alcance, he entrado en mi casa como un ladrón, subiéndome al terrado y deslizándome por una cuerda hasta la altura de una ventana abierta por la que me he introducido. Lucía un sol de justicia y mis manos se me enrojecieron al rozar con el cordel. Descendí marcando las huellas de mis suelas sobre el muro blanqueado con cal. Cuando logré, al fin, entrar en casa era casi el mediodía y me hallaba muy cansado.

Pese al esfuerzo realizado, reconozco que, a veces, es más fácil penetrar en mi casa, incluso estando cerrada con llave, que introducirme en los burocráticos despachos de los funcionarios y más aún en los misteriosos compartimentos del corazón de mi amada. Hay en ellos registros indescifrables, pensamientos y palabras imposibles de descubrir si no consigo, tras mimos y caricias varias, encontrar los caminos que conducen hasta él.

Hay silencios más fuertes que el retumbo de un trueno y miradas vacías más devastadoras que huracanes. Por eso, cuando llega la noche, busco los rincones de su cuerpo, con mis manos balbucientes, que me permitan encontrar la clave de su gracia y el derroche de su amor. Ella resiste, atrincherada en una aparente ausencia, mientras recorro con mis dedos desde la punta de sus pies hasta el último de sus largos cabellos. La cubro de besos y la envuelvo de deseos salvajes retenidos en mis gestos delicados. Hasta que, de pronto, termina por claudicar, cediendo cuando menos lo espero, y entregándose a mis besos prolongados... ¡Cuántas veces me ha sorprendido, avanzada ya la noche, abriéndome su cuerpo y su alma ante el nuevo matiz de gestos y palabras que, horas antes, no habían servido de nada! Me extenúa este juego en el que represento el papel de cazador de una gacela huidiza. Pero, cuando la gacela, a la que no consigo atrapar, se me entrega, tras una dura persecución, extenuada y abatida ella también, la recompensa es tan grande que todo esfuerzo se vuelve insignificante, y todos los fracasos se ven remunerados en creces.

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Ya no soy un extraño indocumentado en mi isla y puedo demostrar fehacientemente que soy oriundo y procedo de esta tierra. Pero, de muy poco ha servido poner todos mis papeles en regla porque no han sido capaces de darme un trabajo de acuerdo con lo único que, un día, fuera capaz de hacer: pronosticar el futuro.

Sea realista –me han advertido al insistir yo en mi primer oficio–, el trabajo escasea. Apúntese al paro y espere a que le llamen.

Me dicen que no me dan trabajo porque no lo hay. Y no lo hay porque el mercado tiene miedo del futuro. Hay quien, lejos de preocuparse por el presente, prefiere invertir en armamento y prepararse para el caso de un conflicto mundial. Solo así, piensan, si éste llega a desencadenarse, habrá muchas vacantes y plazas libres para trabajar. Así que ésta es la solución más coherente que algunos ven: prepararse para la guerra. Y repiten por activa y por pasiva esta teoría, despreciando las vías normales de convivencia y crecimiento y descartando otros caminos para crear nuevos empleos. Y sólo me ofrecen la posibilidad de ingresar en la Policía o en el Ejército, pero, mi currículum y mi presencia no parecen estar a la altura de las circunstancias. Las suyas, no las mías. Y no aceptan a metecos enanos, feos y sin blanca, y menos a quienes son capaces de pensar por sí mismos.

En mi isla, al igual que cuando me presenté en otros países como un meteco, tengo todos los derechos de ciudadano reconocidos por la Declaración de Derechos del Hombre y por la Constitución, incluso el derecho al trabajo, pero aquí no puedo ejercerlo porque dicen que no hay puestos de trabajo a mi altura, algo que el legislador no ha previsto. En estas circunstancias, casi hubiera preferido quedarme donde estaba, aunque me consideraran un meteco. Laborando de sol a sol, allí al menos tenía para vivir. Mientras que aquí, sin perspectiva alguna laboral, sólo muriendo pueda quizás dar un poco de trabajo a los demás.

Ahora me consuelo pensando que, gracias a ellos y a sus leyes, ya no soy extranjero, sino un ser totalmente integrado y reconocido. En cambio, no tengo ni lo mínimo para comer y para vivir. En este caso, la meteca es mi amada, pero ella no tiene necesidad de trabajar porque su madre, mi ex patrona, nos sigue mandando dinero para poder sostenernos mientras yo busco una ocupación remunerada que pudiera aparecer.

- No pierda las esperanzas –me aconsejan– ¿quién sabe si algún día?

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Otros no disfrutan de trabajo ni de ciudadanía alguna. Me refiero a los inmigrantes de países más pobres que llegaron a la isla, pensando que aquí podrían trabajar y vivir, pero se encontraron sin casa, sin trabajo, sin amigos y con toda una batería de rechazos. Son los metecos más pobres, tan diferentes a los metecos distinguidos.

Estos últimos, aupados por la pujanza económica de sus países, se han hecho con bienes raíces del nuestro y desempeñan un papel importante. Ellos llegaron con los bolsillos repletos de divisas, y, más que meterse en las actividades comerciales e industriales, vinieron a disfrutar del paraíso de la isla. Con su fama y sus cartas credenciales, primero se ganaron la confianza de las autoridades. Hasta el punto de que éstas se dejaron engatusar por sus propuestas de compra de fincas y tierras, no para trabajarlas, como hacen los campesinos, sino para vivir plácidamente en ellas. Estos metecos, de igual nomenclatura que los advenedizos pero con una condición y posición totalmente diferente, han conseguido todo el respeto y consideración del isleño. Y, aislados dentro de la isla, unidos con el mundo gracias al cordón umbilical del ordenador, sin más lengua que el alemán o el inglés, se desentienden del resto de metecos, a los que consideran de un rango inferior y diferente al de ellos.

En el otro lado, están los metecos que corresponden al grupo de los gitanos, árabes, emigrantes africanos, latinoamericanos…, que intentan sobrevivir con un trabajo cualquiera, cuando tienen la suerte de hallarlo. Y constituyen la apodada “raza inferior”, así llamada por algunos ensayistas, que intentan dividir la historia de la Humanidad en una raza superior y otra inferior.

Desgraciadamente, en toda la isla ha aumentado el chauvinismo, la discriminación y la intolerancia racial, mientras una alarmante falta de trabajo y un racismo latente se agudizan, al mezclarse con problemas como la inseguridad en el empleo o la falacia de que los inmigrantes “quitan puestos de trabajo a los isleños”.

Ante este panorama, me cubro la cara de vergüenza y renuncio al mismo origen de mi nombre.

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