lunes, 3 de mayo de 2010

Capítulo V. Veinticinco siglos antes.


Por lo que me cuentan las Sagradas Escrituras, en aquellos tiempos, la ciudad tenía todas las puertas cerradas y echados estaban sus cerrojos por miedo a que los hijos de la luz pudieran conquistarla. Pero no alcanzo a recordar el momento en que madre, cediendo a los halagos de un levita, quedó preñada sin que lo hubiera deseado. Ni recuerdo mi primera patada en su abultado vientre. Todo pudo coincidir con la época en que siete mil sacerdotes, portadores de trompetas delante del Arca, se pusieron en marcha. Soplaban la hora de Yahvé y cada vuelta que daban a la isla duró casi un mes. Los hombres armados iban delante de ellos y desplegaban aparatosamente las fuerzas, al servicio del pueblo rebelde que había encontrado al fin la tierra prometida.

Durante este tiempo, los astutos zapadores, desapercibidos por los hijos de ese siglo, escarbaban día y noche al pie de las murallas, mientras el desfile constante de sacerdotes, guerreros y pueblo llano atraían toda la atención y las miradas de los defensores de la ciudad amurallada. Y, al séptimo mes, cuando los hijos de Yahvé daban la última vuelta que se prorrogaría hasta el final de año y principios del siguiente, la ciudad entera dejó de mofarse del paso marcial de aquellos hombres de guerra y de los atronadores lamentos de las siete mil trompetas de bronce.

Madre gritó entonces con todas sus fuerzas, empujando con cierta desesperación la hora de Yahvé. Y Yahvé apareció, al fin, al rugido del pueblo, rompiendo los cercos del pecado y desplomando las murallas y diques, al paso de sus hijos, hambrientos y sedientos de aquella ciudad amurallada. Fueron siete meses de gestación difícil, los mismos que vueltas habían dado los hijos de Yahvé, y madre me había echado al mundo de los pobres, cortando para siempre los lazos de carne y sangre que me habían retenido en sus entrañas.

(Mañana: El anciano de barbas floridas)

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