martes, 15 de junio de 2010

Dos tiempos diferentes.


La primera conclusión a la que llegué, tras observar detenidamente el lapso transcurrido, desde el momento en que el cetáceo volador me devoró en el mar hasta el instante en que me vomitó sobre la playa desierta, es que el tiempo no es el mismo en este mundo que en el otro. Y que unos días entre ellos pueden convertirse en veintiséis siglos. Prueba de que el tiempo, entre estos seres extraños, no computa de la misma manera que entre los terrícolas.

-Te pedimos –me dijeron antes de depositarme en la Tierra– que sigas observando a los hombres. Y que guardes todas tus anotaciones. Necesitamos intermediarios como tú. Profetas o como se llamen, aunque sean menores. Nos interesa saber qué pensáis y cómo reaccionáis.

Aún recuerdo su despedida, breve y sencilla:

- Vuelve a tu tierra, profeta menor –se despidieron–. Y que la paz del Cosmos te envuelva en tu viaje.

(Mañana: “Bajo una noche estrellada”)

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