jueves, 17 de junio de 2010

El llanto de mi amada.


Ella no podía creer que yo estuviera hablando en serio. Tal vez prefirió pensar que estaba soñando despierta y que mis palabras eran más fruto de mi potente y desequilibrada imaginación que de mi cuerda mente. Me dijo que estaba enfermo y que debía acudir a un especialista. Me temo que no quiso decir “siquiatra” para no herirme. Entonces comprendí que era inútil seguir contándole mi historia. Sabía que me había equivocado revelándole mi secreto. Ella no llegaría nunca a aceptarlo. No podía o, simplemente, no quería hacerlo.

Fue el principio de un periodo que terminaría en una dolorosa ruptura de la que todavía hoy, meses después de producirse, no me he recuperado.

Aquella noche, estuve oyendo, desde lejos, su llanto mal contenido hasta que me sorprendió la madrugada bajo el almendro en flor. El rocío bañó mis mejillas. Nunca me perdonaré haber sido tan sincero con ella. Pensaba que, con el amor, era capaz de comprenderme. Pero tal vez me equivoqué. El amor no tenía para ella nada que ver con mis locuras.

(Mañana: “La lógica contradictoria”)

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