viernes, 4 de junio de 2010

Profeta desengañado.


En ese momento, me atreví a dudar del Rey. Denuncié que su soberanía ni tenía origen en Yahvé, ni era hereditaria. Manifesté abiertamente que tenía más confianza en la soberanía del pueblo que en la real, lo que me perdió definitivamente, pues, a sus ojos y a los de sus sacerdotes, me convertí desde aquel momento en un rebelde y en un falso profeta. Y desaparecí para siempre, pese a que lo que había profetizado se ha cumplido siglos más tardes. Secuestraron mi palabra antes de que desapareciera de la isla. Le quitaron todo el carisma que pudiera tener. La condenaron. La anatematizaron. No dejaron que los escribanos la analizaran ni dejaron que mi voz anunciara las Santas Escrituras. La redujeron a la mínima expresión volatizada.

Ahora, tras volver a aparecer en este mundo y recorrer los caminos polvorientos, reconozco, a fuer de sincero, que he perdido la confianza en todos, incluso en Yahvé, cuyo nombre, de generación en generación, de comunidad en comunidad y de siglo en siglo, permanece. Hoy descubro que sigue habiendo reyes, pueblos, civilizaciones opuestas y enemigos, guerras, y hasta el nombre de Yavhé se ha adaptado a los nuevos tiempos. Lo único que no ha cambiado es el corazón del hombre. En él continúan anidando el amor, pero también las pasiones, el odio, el miedo y la hipocresía, la mentira y otras manifestaciones que le convierten en el enemigo del hombre, al tiempo que sigue creando fantasmas en su entorno, tierras prometidas y mundos felices.

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