martes, 16 de marzo de 2010

Capítulo III. El retorno a mi isla.

De mi antiguo pueblo no he encontrado piedra sobre piedra. Todo ha sido cambiado, vendido, transformado por el nuevo colono al que ahora llaman inversor, nuevo conquistador, turista... Los aborígenes han sido destruidos, aplastados, borrados. El indígena ha vendido sus tierras, su lengua, su conciencia, sus costas y sus playas, sus creencias y sus lugares comunes, sus raíces y su historia. El forastero se ha hecho con todo y todo está ahora supeditado al interés del colono, que ha impuesto sus costumbres, sus nombres y hasta su idioma. La misma crónica de mi isla ha sido tergiversada y se han perdido las raíces de la historia de mi pueblo. Ya no se reivindican sus fuentes sino su entroncamiento con los invasores, como si éstos fueran los salvadores y verdaderos protagonistas de la historia. En estas condiciones, me va a resultar muy difícil encontrar mi identidad perdida.

Mi primera impresión fue nefasta. He pasado tres días y tres noches postrado, acechado por fiebres altas y sudores extraños. En ciertos momentos, he llegado incluso a perder el contacto con la vida, luchando a brazo partido con la muerte que ha venido a mi encuentro sin haber cambiado nada de su terrible aspecto. Ella ha sido el único personaje que he reconocido tal como era cuando dejé mi isla para iniciar mi largo exilio.

Pero mi hora no había sonado todavía y, afortunadamente, la he vencido de nuevo, recobrando el sabor de la vida. He visto surgir el sol de las aguas, tal como lo veía en mi remota infancia; he oído el gorgojeo de los pájaros; he gustado el sabor salado del mar que nos rodea, cuyas olas nunca se cansan de ir y de venir; me he dejado impregnar por el olor del barro con que mis antepasados hacían sus vasijas, y me he frotado la espalda contra un ángulo puntiagudo de las murallas, levantadas sobre las antiguas que rodean la ciudad.

( Mañana, 17 de marzo: De espadas contra el ángulo amurallado)

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