jueves, 4 de marzo de 2010

Potro salvaje.


A pesar de mis deseos, sigo teniendo miedo de la noche y de sus ojos cerrados. Pero, lo malo es que tengo aún más miedo del día y de su mirada ausente.

A veces, cuando menos lo espero, se convierte en un potro salvaje que no se deja montar por nadie. Brinca y se encabrita, demostrando así que nadie la domina. Y no se calma hasta que no me ha alcanzado con sus coces. Entonces encierra ella su corazón –diríase que está formado por siete compartimentos y que abre uno diferente cada día– como una vez quise yo encerrar el viento que sopló sobre mi puerta. Tal vez fuera mejor tapiar la entrada. Cimentarla, sellarla y guardar lo que hay en su interior como recuerdo de mis días felices.

Luego, una vez pasado su berrinche, me avergüenzo de mis sentimientos. Y quisiera penetrar por un resquicio de su alma y sorprenderla. O aguardar el momento en que, descuidada, deja una puerta o una ventana de su casa sin cerrar para entrar como un ladrón. Pero tal vez crea que, introducido de matute, estoy revolviendo todos sus cajones de su corazón ordenado y sea aún peor. Así que, pensándolo mejor, me acerco de puntillas, toco suavemente a su puerta, aguardo el instante en que me dé paso, cuando me crea preparado para entrar en su aposento, y la saludo con tiernas palabras.

Como un río salido de madre, ando buscando una salida donde volcar todo el deseo que llevo retenido en mi interior y volcarme sobre ella al menor indicio de que cede. Yo sé que está también sedienta de mis fuerzas, hambrienta de mis caricias, borracha de mis instintos salvajes. Pero su orgullo es a veces más fuerte que sus deseos ocultos.

(Mañana: Una gota de ventura)

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada