martes, 30 de marzo de 2010

Los otros metecos.


Otros no disfrutan de trabajo ni de ciudadanía alguna. Me refiero a los inmigrantes de países más pobres que llegaron a la isla, pensando que aquí podrían trabajar y vivir, pero se encontraron sin casa, sin trabajo, sin amigos y con toda una batería de rechazos. Son los metecos más pobres, tan diferentes a los metecos distinguidos.

Estos últimos, aupados por la pujanza económica de sus países, se han hecho con bienes raíces del nuestro y desempeñan un papel importante. Ellos llegaron con los bolsillos repletos de divisas, y, más que meterse en las actividades comerciales e industriales, vinieron a disfrutar del paraíso de la isla. Con su fama y sus cartas credenciales, primero se ganaron la confianza de las autoridades. Hasta el punto de que éstas se dejaron engatusar por sus propuestas de compra de fincas y tierras, no para trabajarlas, como hacen los campesinos, sino para vivir plácidamente en ellas. Estos metecos, de igual nomenclatura que los advenedizos pero con una condición y posición totalmente diferente, han conseguido todo el respeto y consideración del isleño. Y, aislados dentro de la isla, unidos con el mundo gracias al cordón umbilical del ordenador, sin más lengua que el alemán o el inglés, se desentienden del resto de metecos, a los que consideran de un rango inferior y diferente al de ellos.

En el otro lado, están los metecos que corresponden al grupo de los gitanos, árabes, emigrantes africanos, latinoamericanos…, que intentan sobrevivir con un trabajo cualquiera, cuando tienen la suerte de hallarlo. Y constituyen la apodada “raza inferior”, así llamada por algunos ensayistas, que intentan dividir la historia de la Humanidad en una raza superior y otra inferior.

Desgraciadamente, en toda la isla ha aumentado el chauvinismo, la discriminación y la intolerancia racial, mientras una alarmante falta de trabajo y un racismo latente se agudizan, al mezclarse con problemas como la inseguridad en el empleo o la falacia de que los inmigrantes “quitan puestos de trabajo a los isleños”.

Ante este panorama, me cubro la cara de vergüenza y renuncio al mismo origen de mi nombre.

(Mañana: Recopilación del capítulo III: De retorno a mi isla.)

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