lunes, 22 de marzo de 2010

En busca de mi identidad oficial.

Esta mañana he ido en busca de mi identidad oficial. Al llegar a mi isla, los aduaneros me habían advertido, viendo mis papeles, que, en caso de vivir en ella, necesitaba de un certificado de residencia oficial para cualquier trámite. Mi carnet de identidad y otros papeles habían caducado. Razón por la cual empezaron por advertirme con una multa simbólica. Era el primer aviso de que ya nada sería como antes. Y mi primera impresión de que, incluso en mi isla, me sentiría tan extranjero como en el país que acabo de dejar por ella.

He llegado a una vieja oficina en la que habían colocado un cartel que decía: “Documento Nacional de Identidad”. En la ventanilla de información, la cola de quienes esperábamos que llegara nuestro turno llegaba hasta la calle. El funcionario de guardia que atendía parecía estar prisionero entre montones de fichas iluminadas por una tibia luz, pero, a juzgar por el tono de su voz y por sus modales de pequeño taifa, he comprendido enseguida que, en todo caso, los prisioneros éramos los del otro lado de la ventanilla que aguardábamos nuestro turno. En cualquier caso para poder tramitar cualquier documento, nosotros necesitábamos de él, y no él de nosotros.

Al cabo de diez minutos en los que se ha fumado un cigarrillo, ha consultado unas fichas y ha soportado con evidente malhumor a un señor calvo que, además, estaba medio sordo, le ha tocado el turno a una mujer joven, con pantalones ceñidos a un cuerpo macizo. La cara de nuestro funcionario ha cambiado repentinamente. La sonrisa se ha dibujado en sus labios y le ha hablado con especial atención. De pronto, las prisas parecían haberle desaparecido. La ha atendido mientras echaba varias bocanadas de humo y los rasgos desagradables de su cara se le han suavizado hasta lo increíble. Durante un largo rato, más que un burócrata cualquiera, parecía un galán arrullando a su manera a la doncella, mientras la cola seguía creciendo. No parecía que aquel agente tuviera ninguna prisa. Y, mientras la joven se alejaba, asombrada por la amabilidad del sujeto, éste la ha seguido con su mirada como si sus ojos la estuviesen desnudando. Luego, con el siguiente, su cara ha vuelto a recuperar su habitual expresión de funcionario hastiado, renovando sus gestos de premura.

( Mañana: Cualquiera puede ser un sospechoso)

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