lunes, 1 de marzo de 2010

Reconfortados en el lenguaje del amor.

- Llevamos varios meses juntos y todavía no sé realmente quién eres –me ha reprochado ella en la víspera de nuestra unión civil ante el juez de turno.

- Yo soy todo tuyo y tú eres toda mía –le he contestado– ¿No te basta con esto?

- Lo único que sé es que estás circuncidado, pero ¿de dónde vienes? ¿Qué hacías en tu isla? ¿Por qué saliste de ella y a dónde piensas ir?

Sus preguntas, al contrario de mi primera cita, en la frontera, ante unos aduaneros que desconfiaban de su misma sombra, no son inquisidoras sino dulces reproches. Ahora me encuentro ante una doncella sin más armas que su sonrisa, con su mirada ausente y con caricias provocadas por sus dedos, acostumbrados al tacto y capaces de leer todo mi cuerpo como si fuera un libro. Le repito mis respuestas de antaño aunque tampoco ella parece convencida del todo. Pero, al menos, se reconforta en el lenguaje del amor.

Acostumbrado a comprender todos los signos y costumbres del lugar en donde vivo, no puedo entender, y menos hablar, el lenguaje de los puños, ni puedo aliarme con los que usan la fuerza. Prefiero hablar y dialogar, sobre todo cuando me adentro en el lenguaje del amor. Ella lo sabe y conoce perfectamente cómo pienso y cómo reacciono en cada caso. Como conoce mi enana figura y mi rostro, arañado y demacrado. Yo le enseño una lengua que no es la suya y estoy dispuesto a decirle que la amo en todos los idiomas que conozco, pero ella desea conocerme más a fondo. Por encima de la lengua y las palabras, quiere llegar hasta el fondo de mi mente y saber lo que ni yo puedo contestarme en estos momentos.

- ¿Cómo es posible –me pregunta una y otra vez– que domines tantas lenguas y que apenas recuerdes tu pasado?

Es cierto que tengo gran facilidad para comunicarme con la gente por medio del lenguaje. Los sonidos guturales, labiales, paladiales, y todas las sonoridades y cadencias comunicativas me fascinan. Puedo estar horas escuchando el zumbido de una abeja o el vuelo de una mosca y descubrir los diferentes tonos y matices que sirven para comunicarse. Hay idiomas que, por su melodía y entonación, he sido capaz de comprender en unos días o semanas. Si se trata de una lengua muy extraña, he tardado algo más. He aprendido el surinamés, traduciendo una Biblia que había encontrado en una tienda de antigüedades. El propietario me dijo que era el libro más traducido, por no decir el único, en todos los idiomas, algunos de ellos casi desconocidos. Pero mis conocimientos lingüísticos innatos no representan más que una parte insignificante si lo comparo con lo que me queda todavía por hablar y comprender. Me desenvuelvo en dieciséis idiomas, de los tres mil quinientos que pululan por la faz del globo, pero me siento todo un analfabeto cósmico. Todo un ignorante y un lego con respecto a mi historia personal. Y sigo sin saber exactamente o sin recordar con precisión de dónde provengo ni por qué me he desplazado hasta aquí. Sólo adivino y entreveo algo en los momentos de más lucidez.

Sé que ella no me cree, pero confía en mí. Y eso, por de pronto, le basta. No le he prometido nada. Nunca le he dicho grandes palabras. No le he jurado fidelidad eterna. Ni le he ofrecido imperios que nunca poseeré sino, a lo sumo, una rosa roja con espinas y una canción salida de mi pecho y acompañada por mi laúd.

(Mañana: El despertar).

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