miércoles, 3 de marzo de 2010

A la luz de la luna.


Ante un concejal, testigo de nuestra gesta, nos hemos unido a la vista de amigos y enemigos. He aprovechado el momento para revelarle un secreto celosamente guardado: quiero volver con ella a mi isla. Al instante, ella saltó radiante, explotando de alegría. Tiene algo de miedo hacia lo desconocido pero lo prefiere mil veces, si ha de ser conmigo, a lo conocido sin mí. Y está dispuesta a seguirme a donde sea. Le he dicho que vamos a vivir en una casa sin techo, sin puertas ni ventanas y sin más muros que las cuatro estaciones. Que tendremos una cama para amarnos y para crear nuestra posteridad. Le he sugerido que invitaríamos al sol todos los amaneceres y que tanta sería nuestra claridad que exilaríamos definitivamente la noche con sus sombras.

Luego, solos de nuevo en la intimidad de nuestra buhardilla, le he repetido, mientras la acariciaba, intentando esculpir nuestros deseos a golpes de martillo y encauzando a besos diminutos sus fuerzas ciegas:

- Cuando seamos lo suficiente fuertes, saldremos a la calle y haremos retroceder las sombras, agolpándolas en todos los rincones. Vaciaremos los cofres de los grandes, abriremos los manicomios y las cárceles, aplaudiendo con los mancos, bailando con los cojos y riendo con los sordomudos. Y diremos 'no' a todo dios que quiera imponernos su orden y sus leyes. Cuando seamos lo suficientemente fuertes –le he repetido– aboliremos el tiempo y las distancias. Y haremos el amor sobre los montes, los prados, los mares y los ríos. Nuestros ojos beberán el néctar de las estrellas, pero también las tristes y rebeldes realidades de esta vida cuya savia sabe a amargo. Desarmaremos las sombras agolpadas y ya no habrá más rincones, ni abogados, ni jueces, ni policías, porque no tendrán que defendernos, ni juzgarnos, ni reprimirnos...

Mucho antes de que terminara con mi improvisada perorata, ella, rebosante de felicidad, se había dormido dulcemente en mis brazos.

(Mañana: Potro salvaje)

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