miércoles, 24 de marzo de 2010

Mi turno.

Al fin, llegó mi turno. Estaba cansado y harto de esperar. Así que, nada más preguntarme por mi profesión, le he respondido, sin pestañear, mientras me ponía de puntillas sobre un taburete que siempre llevo conmigo para llegar a las ventanillas de cualquier administración:

- “Todas y ninguna, según cómo se mire”.

El funcionario me ha contestado, un tanto molesto:

‑ Concrete usted un poco más y dígame su primera profesión, la más importante.

Entonces he recordado de mi pasado y he optado por decirle al funcionario la verdad.

- He ejercido de profeta. Eso es. Fui, sobre todo, un profeta.

Su asombro inicial se ha convertido enseguida en indignación a medida que le repetía muy despacio:

- Profeta. He sido un profeta menor hasta que tuve que marchar de mi isla. Usted perdone si le cuesta creerme, pero, en mis orígenes, no tuve otra profesión, que yo recuerde, aunque entonces no era considerada una profesión propiamente dicha, sino una vocación especial.

‑ En este caso –me ha gritado sin poder contener más su corta paciencia de funcionario que no consentía que nadie se burlase de él–, traiga usted un certificado de su patrón, conforme ha practicado la profecía, firmado y sellado por él, con dos pólizas de ochenta céntimos. Y consiga de la Delegación del Ministerio de Trabajo que su título le sea reconocido y homologado. Luego, vuelva aquí, y terminaremos de tramitar su caso. ¡El siguiente, por favor!
(Mañana: Eso que llaman burocracia)

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