lunes, 29 de marzo de 2010

Libre, pero en paro.

Ya no soy un extraño indocumentado en mi isla y puedo demostrar fehacientemente que soy oriundo y procedo de esta tierra. Pero, de muy poco ha servido poner todos mis papeles en regla porque no han sido capaces de darme un trabajo de acuerdo con lo único que, un día, fuera capaz de hacer: pronosticar el futuro.

‑ Sea realista –me han advertido al insistir yo en mi primer oficio–, el trabajo escasea. Apúntese al paro y espere a que le llamen.

Me dicen que no me dan trabajo porque no lo hay. Y no lo hay porque el mercado tiene miedo del futuro. Hay quien, lejos de preocuparse por el presente, prefiere invertir en armamento y prepararse para el caso de un conflicto mundial. Solo así, piensan, si éste llega a desencadenarse, habrá muchas vacantes y plazas libres para trabajar. Así que ésta es la solución más coherente que algunos ven: prepararse para la guerra. Y repiten por activa y por pasiva esta teoría, despreciando las vías normales de convivencia y crecimiento y descartando otros caminos para crear nuevos empleos. Y sólo me ofrecen la posibilidad de ingresar en la Policía o en el Ejército, pero, mi currículum y mi presencia no parecen estar a la altura de las circunstancias. Las suyas, no las mías. Y no aceptan a metecos enanos, feos y sin blanca, y menos a quienes son capaces de pensar por sí mismos.

En mi isla, al igual que cuando me presenté en otros países como un meteco, tengo todos los derechos de ciudadano reconocidos por la Declaración de Derechos del Hombre y por la Constitución, incluso el derecho al trabajo, pero aquí no puedo ejercerlo porque dicen que no hay puestos de trabajo a mi altura, algo que el legislador no ha previsto. En estas circunstancias, casi hubiera preferido quedarme donde estaba, aunque me consideraran un meteco. Laborando de sol a sol, allí al menos tenía para vivir. Mientras que aquí, sin perspectiva alguna laboral, sólo muriendo pueda dar quizás un poco de trabajo a los demás.

Ahora me consuelo pensando que, gracias a ellos y a sus leyes, ya no soy extranjero, sino un ser totalmente intregado y reconocido. En cambio, no tengo ni lo mínimo para comer y para vivir. En este caso, la meteca es mi amada, pero ella no tiene necesidad de trabajar porque su madre, mi ex patrona, nos sigue mandando dinero para poder sostenernos mientras yo busco una ocupación remunerada que pudiera aparecer.

- No pierda las esperanzas –me aconsejan– ¿quién sabe si algún día?...

(Mañana: Los otros metecos)

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