viernes, 19 de marzo de 2010

La soledad.

‑ Después de todo, encontrarse es lo de menos –me susurra mi amada, que no puede soportar que me sienta, de esta forma, tan deprimido–. Lo importante es aceptarse tal como uno es.

Aceptarse, abofetearse, despreciarse, escupirse, limosnearse, gritarse, esperarse en la esquina de la calle para sorprenderse, desesperarse, reírse y apiadarse de uno mismo, perdonarse, morirse y resucitar de nuevo por los siglos de los siglos: ese debe de ser ahora mi sino.

Desde que el mundo tiene conciencia de sí mismo, admitiéndose como hijo de perra que es de un universo desconocido, el hombre no hace más que intentar comunicarse con el hombre. Algunos filósofos aseguran que se trata de un animal sociable. Pero ese animal no deja de acechar a su misma sombra y todavía no se ha atrevido a enfrentarse consigo mismo. El hombre sigue siendo el lobo del hombre y la soledad, su inseparable compañera.

Hay quien dice que el escritor no se resigna a la soledad. Si esta definición es cierta, yo nunca seré escritor. Porque pienso resignarme a ella. Quiero encontrarla, violarla, embarazarla y celebrar luego nupcias con ella. Será una boda extraña, exótica y salvaje en la que no habrá más testigos que mis pensamientos y mis palabras escritas en la arena, que las olas borrarán al instante.

Nadie sabrá de nosotros. No habrá novela, ni artículo, ni reportaje, ni documental que recuerde este extraño maridaje. Y ni siquiera nuestros hijos se acordarán de nosotros. Nacerán sin memoria y se morirán sin haber conocido a sus antepasados.

(Próximamente: “En busca de mi identidad oficial”)

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