martes, 9 de marzo de 2010

La promesa.

Pienso seguir haciendo el amor con ella con todas las fuerzas que corren por mis venas de meteco. Es como un duelo a muerte donde cada cual se olvida de defender lo suyo porque ya no hay fronteras ni murallas. Le arranco quejidos de gozo mientras ella retuerce su cuerpo y sus besos retienen mis aullidos salvajes. Cuando el uno o el otro se agota, descansamos para volver a comenzar otra vez, aunque sea con la imaginación. Y, siempre con nuevos actos amor, intentamos anular nuestras potencias de egoísmo hasta ser incapaces de odiarnos.

Ahora que la lucidez ha vuelto en mí, escribiré, antes de que pueda perderla de nuevo, lo que quiero y siento para que no se me olvide y pueda, en adelante, recordarlo.

Antes de que todo mi cuerpo penetre de nuevo en su alma, encarnándome en un ángel sin alas procedente de un lugar en donde todo es cielo o infierno, donde todo sube, baja y vuelve a subir de la tierra al infierno y del infierno al seno de los justos, sin que nadie ose pararlo, controlarlo, o frenarlo con sus preguntas; antes de que el verbo se haga carne en un acto supremo de comunicación directa, y de que sus pechos se llenen de leche que alimenten bocas que habrá que enseñar a hablar y a defenderse de los lobos‑palabras; antes de que mi alma, o lo que quede de ella, se mezcle con la suya en un espasmo de locura, formando un solo sentimiento indefinible e indescriptible; antes de que mis huellas se borren sin dejar rastro; antes de volver a ser carne de su carne y sístole de su diástole..., declaro contra el viento, mi único testigo, que volveré a mi isla acompañado de mi amada y buscaré en ella mi infancia y mi pasado.

Quiero saber quién soy, de dónde procedo, por qué salí de mi entorno. Intuyo que un día no muy lejano llamaremos las cosas por sus nombres verdaderos y nos reiremos de las palabras‑tópicos porque ya no tendrán sentido y serán como piezas inservibles en un cementerio de vocablos huecos.

Presiento que un día este amor que he descubierto dejará de esclavizarnos porque ya no precisará de manos, ni de ojos, ni de labios, ni de sexos ni de léxicos. Será un contacto directo, una presencia, un conocimiento. Y suprimiré –como ella siempre ha suprimido– todos los espejos, que desfiguran la verdadera imagen, y todas las palabras y vocablos, deformadores de la propia realidad.

(Mañana: A puerta cerrada)

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