viernes, 14 de mayo de 2010

Arán, el guarda de la segunda muralla.

Pero, en cuanto el guarda de la segunda muralla –que descansaba, él sí, con los dos ojos abiertos– advirtió mi salto, se puso en guardia, pensando que un ángel llegado del cielo o de los infiernos fuera a nombrarle guardián del primer cerco.

Vengáis en nombre de Yahvé o del propio Satán –me dijo solemnemente, tras componerse su capa–, seáis bienvenido a esta segunda muralla. Mi nombre es Arán y estoy deseoso de complaceros.

Mudo de asombro, no supe qué contestarle. Pero, ante el silencio y estupor mostrado por mí, se apresuró a añadir:

- No es preciso que contestéis ahora mismo, si no os apetece. Ya sé que habéis venido a honrarme con vuestra presencia y, aunque desconozco quien sois, yo sé que os llamáis Ben Azibi.

Asentí, complacido por aquel nombre, mientras me dirigía hacia las puertas cerradas con doble llave. Pero Arán no estaba dispuesto a dejar escapar la ocasión de ser recompensado por el ángel de Yahvé o de Satanás, y tuve que aprovecharme de un descuido suyo, cuando, inclinado ante mí y cerrados sus ojos en señal de humildad, me deslicé bajo su manto, le arrebaté la llave y le pedí, una vez con ella, que descansara hasta el día siguiente, en que le prometí pensar en su caso.

(Próximamente: Los porteros de la tercera, cuarta, quinta y sexta)

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