viernes, 21 de mayo de 2010

El regreso.


Días después, caminaba por este mundo, harto diferente al que había dejado, e intentaba comprenderlo. Para los hombres, el tiempo y el espacio habitable habían cambiado, pero no sus sentimientos, sus vicisitudes, sus odios y rencores. Unos seguían acaparando riquezas mientras la mayoría luchaba para sostenerse y vivir. Y otros se defendían a duras penas contra hambre, sed y miseria. Pero la envidia y el odio campaban por doquier, apoderándose de todos. En otros casos, el hastío y el aburrimiento hacían mella hasta desvirtuar el supuesto orden humano. Plagas como la lepra se curaban, pero otras enfermedades nuevas, como el cáncer o el sida, habían aparecido y hacían estragos. El poder seguía engendrando poder y los ejércitos se armaban hasta los dientes contra hipotéticos o reales enemigos. Estos justificaban el primero de todos los males de la humanidad: el poder absoluto. El hombre era el enemigo del hombre y la fuerza del terror dominaba sobre la fuerza de la razón. Y, en caso de no tener adversarios, se inventaban o se creaban hostilidades manifiestas. Entre los militares, se utilizaba una palabra nueva para justificar el gasto de armamento: disuasión. Dicen que es una manera de vencer al enemigo sin necesidad de combatir cuerpo a cuerpo contra él. Así, hoy los ejércitos se arman hasta los dientes para que los adversarios tiemblen y no se atrevan a contradecirles ni a enfrentarse a ellos. Y las ballenas milenarias se han convertido en submarinos atómicos.

(Próximamente: “La humanidad y las armas nucleares”.)

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