lunes, 17 de mayo de 2010

Los porteros de la tercera, cuarta, quinta y sexta muralla.


Era medianoche cuando el ansia de poder de aquel portero, confiando en mí, se dejó dominar por el sueño. Y, en cuanto oí sus ronquidos, me abalancé con la llave hacia el portal, lo abrí y pasé cómodamente al tercer cerco. El guarda de esta muralla estaba ebrio y había perdido su llave o nunca la había tenido, puesto que la puerta que vigilaba se abría o cerraba con un empujón, permitiendo así el pase al cuarto cerco.

El guarda de éste dormía día y noche y, por no dar un paso, hubiera pagado lo que el primero tenía escondido en su jergón. Tuve, pues, que deslizarme, colgado a una soga hasta la quinta muralla. Ya me temblaban todas las extremidades cuando vi al guardián, entregado a una suculenta comida que había empezado al anochecer del día anterior. Estaba tan ocupado en su comilona que ni tiempo tenía de reír, ni de llorar, ni menos todavía de abrir puertas a desconocidos. Temiendo que la luz de la aurora descubriera mi rostro, y como la altura era considerable, opté por servirme de algunas artimañas para pasar a la siguiente muralla.

El guardián de la sexta muralla se pasaba la noche observando y criticando al glotón de la quinta, al dormilón de la cuarta, al borracho de la tercera, al envidioso de la segunda y al usurero de la primera. Y puesto que ninguno de ellos me había facilitado el paso, él no quiso ser igual y me abrió, no sin antes advertirme que no lo hacía por mí, sino para fastidiar a sus colegas que ocupaban los primeros puestos de guardianes sin que lo merecieran más que él.

(Mañana: Abner, el guarda de la última muralla).

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada