jueves, 27 de mayo de 2010

Mi remota infancia.


Dos mil quinientos treinta y siete años después de mi salida de la isla, los aullidos penetrantes de unas gaviotas que planeaban sobre la playa desierta me sacaron de mi sueño. El mar llegaba hasta mis pies, heridos de tanto saltar obstáculos. Había abandonado -¡tanto tiempo hacía de ello!– la tierra prometida, la isla entrañable que había dado luz a mis ojos y voz a mi garganta, el paraíso perdido en medio del infierno de los mares. Me había embarcado en una galera griega de la que me echaran por la borda. Naufragué sin rumbo fijo en el vientre de aquel cetáceo y terminaba, tras un paréntesis de veintiséis siglos, en una playa desconocida.

La lucha cuerpo a cuerpo con el último de los guardianes de las siete murallas me había extenuado y, cuando la tripulación se dirigió a mí, pensando que mi dios podía salvarlos, no pude ni supe reaccionar. Sobre los innumerables granos de arena de aquella playa, tantos como habían sido los hijos de Jacob, quise acordarme de Yahvé de cuya existencia había dudado, e intenté pronunciar su nombre, pero sonaba en mis oídos a badajo herrumbroso. E intenté recordar más detalles de mi infancia.

Solo, y apenas con voz –los primeros sonidos desarticulados habían sido enterrados en la fosa común de los recuerdos sin formas concretas–, pensé en el tiempo de las ingenuas concatenaciones verbales en el regazo materno. Y en mis primeras palabras de protesta, rotundamente acalladas.

- ¡Bastardo, hijo de esclava pecadora! – recuerdo que me gritó un anciano levita a quien descubrí violando a madre, cuando yo aún no había cumplido los tres años–. ¡No sabes que los hijos de ramera no tienen derecho a la palabra!

Por lo visto, ya entonces me había hecho con alguna palabra de protesta, pero, a esa edad, y, sobre todo, hijo como yo era de una hembra sin derechos, cuanto salía de mi boca no tenía valor alguno. Más tarde, fui aplastado por la voz solemne de los profetas mayores, por la fuerza de los soldados, por la retórica de escribas que mandaron enmudecerme, y por los salmos entonados por sacerdotes cebados por el Rey. Y, ahora, veintiséis siglos después de mis primeras humillaciones, me encontraba de nuevo sólo y sin derecho a mi palabra ni a mi memoria.

(Mañana: “Indefenso y perdido”)

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