viernes, 7 de mayo de 2010

La profecía.


Fue entonces cuando, mal visto por los sacerdotes y perseguido más tarde por el mismo Rey, yo, un profeta de segundo orden empujado por un mandato divino, me arrojé a las calles y plazas de la ciudad, y sostuve que Yahvé se había arrepentido –sí, eso fue lo que dije y oyeron claramente los ancianos, escandalizados– del bien que había dicho que haría a su pueblo –y volví a repetirlo por si no lo habían oído bien–, por más que ellos insistieran en que Yahvé ya se había arrepentido del mal que había predicho que haría.

(Próximamente: El ayuno de cuarenta días y cuarenta noches)

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