viernes, 28 de mayo de 2010

Indefenso y perdido.



Al margen de las rutas de este mundo que yo creía alargado, con su origen en mi isla y su meta en las puertas de la nueva Jerusalén, en donde no habría ya noche, ni luz de antorchas, ni rayo de sol, porque Yahvé alumbraría con su presencia por los siglos de los siglos, me encontraba yo indefenso y perdido. No iba armado y mis sandalias aún sabían a sal. La mayoría de cuerdas de mi laúd estaban enronquecidas y rotas y, por mis venas, no corría ni una gota de alegría o de amargura. Mi corazón se había resecado, como los viejos pergaminos de los ancianos del templo, incapaz de reaccionar ante siglos enteros que me habían robado, ignorando los designios y los trazados del Dios de mi infancia quien me había elegido en mi juventud y a quien había finalmente perdido.

¿Quién era realmente él, que así se había burlado de su profeta menor? ¿Y quién era yo, que, a su imagen y semejanza, había sobrevivido a los siglos? ¿Quién eras tú, Ben Azibi, sombra viviente del pasado enterrado, profeta desprovisto de mensajes, de Dios y de memoria? ¿Adónde te dirigían tus pisadas, borradas por las olas del mar, por la lluvia y por el tiempo que todo lo tragaba? ¿Por qué no había rastros, ni pistas, ni vestigios de tu historia?

Hoy descasaba bajo un olivo de tronco retorcido. Mañana, sobre un pico recortado, dominando un valle estéril e infecundo. Otro día, al margen de las rutas que marcaban esta nueva geografía. Y más tarde, en los límites de una frontera, protegida por unos celosos aduaneros. Nunca más de una noche bajo el mismo techo.

Recibía, en pleno rostro, la lluvia persistente, el sol despiadado y el huracán furtivo. Las pocas cuerdas enmohecidas que le quedaban a mi laúd resonaban agriamente sobre el alquitrán de la ruta y contrastaban con la escala desconocida de sonidos fugaces que iban y venían en una rapsódica danza de movimientos rectilíneos que rozaban mi exótico camino.

De vez en cuando, una nota chirriante, surgida del roce violento de unas ruedas repentinamente frenadas, dejaba sus huellas sobre el asfalto. Y del carro de humo y fuego, salía un brazo agitando una mano crispada. Conociendo, como yo la conocía, la historia de Elías, arrebatado por otro carro de fuego, me alejaba, receloso, de la ruta de alquitrán mientras oía un volcán de improperios, elevándose en columna contra el cielo. Era como si una larva de palabras candentes se fuera derramando sobre la ruta ennegrecida por aquellos carros casi voladores. Y, alertado por el peligro, comprendía que debía alejarme cuanto antes, evitando el contacto con aquel asfalto que estaba contaminado por el invento de los hombres de este siglo.

Luego, gracias a la ayuda de otros compañeros de ruta, fui comprendiendo aquellos signos convencionales, instalados al margen de la ruta: un disco con el borde rojo y un número negro en el centro representaba la velocidad máxima permitida; disco con borde rojo y flecha torciendo a la derecha o izquierda tachada en rojo, prohibición de cambiar de dirección a la derecha o a la izquierda; disco rojo con franja horizontal blanca, entrada prohibida; un triángulo rojo, aviso de peligro… Era un sinfín de señales e indicaciones generales que guiaban al hombre moderno. Todo un conjunto de códigos que los conductores de esos carros tenían que aprenderse de memoria para poder circular.

(Próximamente: “Descubriendo este mundo”)

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